Colaboraciones

 IMPRESIONES MEXICAS

 

Para enlazar con más rigor con la memoria histórica hay que desplazarse al interior y recorrer Chichén Itzá. Allí te enteras de por qué el mexicano se siente muy ofendido con el Apocalipto de Mel Gibson. La sanguinaria orgía filmada no tiene por motivo esclavizar a los pueblos vecinos, dicen. Pero lo que explican no es más agradable: los mayas tenían un sentido tan trascendente de la existencia que daban gracias al cielo decapitando a los vencedores del juego de pelota, una especie de rugby prehispánico que ahora practican más por entretener la curiosidad turística del presente que para rememorar los rituales sangrientos del pasado. Es mejor no indagar en qué consiste la diferencia entre echar a rodar las cabezas de los cautivos por la ladera de las pirámides o cortar la cabeza del jugador triunfante para ofrendar la lúdica victoria a los dioses. Y si se corta la cabeza de los propios ¿qué no harían con las cabezas de los extraños? La imaginación de Gibson puede ser algo libre, pero no inmotivada.

 

 

 

 

A Tulum llegó Juan de Grijalva hacia 1517. Desde la cofia de su nao, debió ver aquella ciudad amurallada y, pensando en la dificultad de tomar a caballo un muro a lo abulense, se comprende que siguiera, bordeando el golfo, la travesía de bajura hasta Campeche. Bautizó con su nombre el río más caudaloso de la cuenca de Chiapas, actualmente causante de las periódicas inundaciones que sufre la ciudad de Villahermosa, capital de Tabasco. El entendido asegura que alguna vez los cien españoles que comandaba entraron a caballo, sable y fuego y oro no menos entendido asegura que respondieron a millares de indígenas armados con lanzas y flechas. Testigo del tiempo, pero no de la desolación, queda a la intemperie la pétrea ciudadela, el templo, las columnas y los restos de una organizada ciudad costera. Observatorio astronómico dedicado a Venus, abierto al mar, al tiempo y a una historia enrevesada y confusa.

 

En Isla de las mujeres aprendes que el encomendero Francisco Hernández de Córdoba no era un capitán, sino un filibustero. Es mejor no discutir sobre la condición de un hacendado aventurero a quien los marineros del lugar describen más simplemente como pirata mientras te enseñan peces de colores. Tal vez recogiera inmensas caracolas de la playa, o arrancara piezas de coral del arrecife, porque no es probable que se llevara la blanca arena, que es lo que más abunda bajo las olas. O tal vez, sus compañeros de aventura tomaran en sus brazos a las mujeres isleñas, y de ahí proceda el nombre de la isla. En la pequeña ensenada que recibe al visitante hay una goleta, pero no es la de Grijalva, ni está varada, ni parece envejecida, sino expuesta a los extraviados ojos del turista para sacarle algunas monedas a cambio de mirarla.

 

He ido a México con frecuencia. Lo he recorrido de Norte a sur, de Monterrey a Valladolid, de Chihahua a Mérida. También esta vez me dejó la desazón de costumbre. Lo hicimos bien o lo hicimos mal… Y siempre regreso con la misma certidumbre de que no hay pregunta simple, sino respuesta compleja. La primera vez que vi Puebla, a más de cien kilómetros de México, tras pasar los grandes volcanes, miré incrédulo la catedral. Un templo herreriano, a siete mil kilómetros de distancia de El Escorial. Y la cerámica de Talavera, mejorada en su versión poblana. No pudo ser tan malo como algunos murmuran, ni tan bueno como otros predican. Importamos la gripe o influencia, que causó más muertos en un decenio que toda la conquista secular, pero también la patata y el caballo, los colegios y universidades, y de hospitales coloniales esta México lleno. Por los pueblos interiores, aztecas y mayas, de etnia pura o mezclada con la sangre española, se cultiva el arte huichol, mientras al visitante ofrecen en los comercios, mezcal y tequila destilados del ágave. Más al norte, no dejan importar estos productos por aplicación del tratado del ¿libre comercio? Más al sur, en Belice, no se ven indios mayas, sino negros, descendientes sin mácula blanca de los esclavos africanos. Si un español llega ahora allí, nunca le contestan cuando habla en castellano, simulan no entenderlo aunque lo entiendan, porque responden en inglés con el peor de los acentos y sin asomo de sonrisa. Los mayas, en cambio, siguen sonriendo todavía mientras hablan español.

Si vas a visitar México con ojos españoles te arriesgas a tener que acudir después al sofá del psicoanalista. ¿Qué hicimos bien? ¿Qué hicimos mal? ¿Cómo evitar las preguntas? ¿Cómo elegir entre tlaxaltecas y mexicas? Sí, es cierto, la Inquisición patrulló por el Virreinato de la Nueva España, pero, no menos cierto, su principal ocupación fue acabar con la antropofagia. Hay testimonios y respuestas para satisfacer los gustos de distintas conciencias. A juzgar por lo visto, en Cancún no hicimos, probablemente, nada digno de mención. Hay un Meliá y dos hoteles Rius, poca cosa comparado con los Marriot, los Holliday Inn, los Crowne Plaza, por no citar la horterada de Burguer, el señor Frost y MacDonalds.

 

 

 

 

LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE

Periodista  y escritor

Catedrático de Periodismo

 

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 ANTOINE DE SAINT-ÉXUPERY O EL AMOR DE LO ETERNO

 

Antoine de Saint-Éxupery fue un hombre de ayer que vivió en los tiempos del presente, alguien que bien podría haber nacido en la Edad Media, en la época del valor, la épica y el amor. Nació en el seno de una familia noble y, desde pequeño, le llamaban el Rey Sol por su actitud aristocrática, por su desprecio a los asuntos menores, pues su mirada siempre apuntó a lo alto, a lo necesario y universal. Así, su amor por las grandes aventuras, por lo desconocido y la atracción por el infinito marcaron su vida hasta su prematuro fin en un trágico accidente de aviación.

 

Del autor francés se podría decir que nunca terminó de encajar en los estrechos esquemas de la modernidad y que fue un superviviente de los tiempos pasados. Finkielkraut aclara que “el moderno es alguien a quien le pesa el pasado. El superviviente es alguien a quien le falta el pasado. El Moderno ve en el presente un campo de batalla entre la vida y la muerte, un pasado que ahoga y un futuro liberador. El impulso del superviviente hacia el futuro está roto, porque ama a un muerto. El Moderno es alguien que corre más rápido que el viejo mundo porque tiene miedo de que este le atrape.”[1]No fue un romántico, el problema que vivió Saint-Éxupery fue de otra índole. Vio, como Tocqueville, la gran sombra individualista cernirse sobre la civilización europea y no se dejó vencer. Supo que el olvido es la muerte del hombre, que la falta de valor es la muerte del corazón y que una vida sin fervor es una vida desalmada. Como él mismo explicó, “los crujidos del mundo moderno nos han hundido en las tinieblas. Los problemas son incoherentes, las soluciones contradictorias. La verdad de ayer ya está muerta, la de mañana todavía está por construirse. No se entrevé ninguna síntesis válida, y cada uno de nosotros sólo lleva consigo una parcela de la verdad. Las religiones políticas carentes de evidencia que las imponga, apelan a la violencia. Y así, mientras nos dividimos en lo que respecta a los métodos, corremos el peligro de no volver a reconocer que todos nos apresuramos hacia el mismo fin.”[2]

 

La vida para Saint-Éxupery no es un juego, es algo muy serio, tanto, que sólo puede ser vivido como lo viven los niños. “Experimento placer en gozar del sol tanto como en saborear el olor infantil del pupitre, de la tiza, del pizarrón. ¡Con qué alegría me sumerjo en esa infancia tan protegida! Sé muy bien que primero se nos da la infancia, el colegio, los compañeros; que luego llega el día en que se rinde examen, en que se recibe un diploma, en que, con el corazón apretado, se franquea un umbral más allá del cual, de buenas a primeras, se es hombre. Entonces pisamos con fuerza, comenzamos nuestro camino en la vida. Los primeros pasos de nuestro camino. Por fin probaremos nuestras armas sobre adversarios verdaderos. Usaremos la regla, la escuadra, el compás, para construir el mundo o para triunfar sobre nuestros enemigos. ¡Se acabaron los juegos!”[3] Hay algo típicamente moderno que el escritor francés detesta por encima de cualquier cosa, y es el tipo de vida burgués. El siglo XIX dejó como patrimonio a la humanidad, entre otras cosas, la realidad del hommo oeconomicus que venía gestándose durante dos siglos. La culminación de la idea en un hombre aislado, egoísta y calculador que sólo velaba por sus intereses materiales y vivía desligado de su realidad comunitaria, vio surgir a finales del siglo XIX y principios del XX toda una serie de actitudes extremas que arruinaron la civilización europea.

 

Frente a la propuesta individualista de la modernidad, Saint-Éxupery sugiere de nuevo la esperanza frente al miedo, y anima a los hombres a amar la realidad concreta y no las peligrosas abstracciones de la mente. En Carta a un rehén describe la vida en Lisboa momentos antes de verse afectada por la Segunda Guerra Mundial, continuando con una vida burguesa de salones y casinos, intentando huir, “pero Portugal ignoraba el apetito del monstruo (…) y entonces encontraba a Lisboa más triste bajo su sonrisa que a mis ciudades apagadas.”[4] El hombre moderno se ha cansado de vivir, ha olvidado que la vida es el camino y la muerte un descanso para el peregrino. El dolor y el cansancio son consustanciales al caminar, pero cuando uno anda lo hace para llegar a la posada, no para no cansarse. Cuando el miedo y la incertidumbre del hombre arrojado al mundo, triste y solo, abandonado, arraiga en el corazón, entonces nos volvemos como los refugiados de la guerra, que “ya no eran el hombre de tal casa, de tal amigo, de tal responsabilidad”, sino hombres desvinculados. Lo importante no es la ausencia de dolor, bien al contrario, “las contradicciones que hay que superar son el abono mismo de nuestro crecimiento” y “lo esencial es que en alguna parte permanezca aquello de lo cual se ha vivido. Y las costumbres. Y la fiesta de familia. Lo esencial es vivir para el regreso.”[5]

 

El escritor francés tiene una profunda experiencia religiosa, él ha vivido el desierto y ha vuelto. Ha estado a solas consigo mismo y ha podido contarlo. Sabe que no hay mayor miedo que el que produce la noche del alma, ese que sobrecoge al hombre antes del sueño, cuando queda a solas con su finitud y se plantea la desproporción del destino. Hace falta viajar a esos lugares desconocidos, hay que enfrentarse al miedo para poder mirar a la verdad. Por eso, el maestro dice: “Yo lo salvo del miedo. No lo ataco a él, sino a través de él, a esa resistencia que paraliza a los hombres ante lo desconocido. Si lo escucho, si lo compadezco, si tomo en serio su aventura, creerá volver del país del misterio, y solo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no haya más misterios. Es preciso que los hombres desciendan a ese pozo oscuro y, al remontarlo, digan que no han encontrado nada.”[6]

La soledad de la vida moderna ha hundido a los hombres en una apatía de la que es difícil salir. La acidia ha ocupado el lugar del entusiasmo y hace falta una nueva educación que salve al hombre “de la apariencia de una derrota”, hace falta un Rivière, el duro personaje de Vuelo nocturno, quien sabía que el hombre “era cera virgen que había que moldear. Había que dar un alma a esa materia, crearle una voluntad. No creía esclavizarlos con aquella dureza, sino lanzarlos fuera de sí mismos.” Para el jefe de aquellos pioneros de la aviación “esos hombres son felices porque aman lo que hacen, y lo aman porque soy duro. Es preciso empujarlos hacia una vida fuerte, que entrañe dolores y alegrías, pero es la única que vale.”[7]

 

 

La sombra de la modernidad es larga como la de la muerte, se cierne sobre todos los hombres, sobre todos los pueblos, ciudades y, como la noche, oculta la profundidad del paisaje, convirtiendo en una masa uniforme lo que antes eran valles, montañas y mares. La diferencia y la riqueza del día se convierten en angosta igualdad porque el hombre, marinero en la tormenta, no tiene puerto al que volver. Para Saint-Éxupery no hemos comprendido que “somos, los unos para los otros, peregrinos que a lo largo de caminos diversos penamos con destino a la misma cita”[8], que somos hermanos y que “sólo son hermanos los hombres que colaboran.”[9]

 

En estos tiempos de urgencia no cabe sino salvar lo esencial, y “si la vida humana no tiene precio, nosotros obramos siempre como si hubiera algo que la sobrepasara en valor… Pero ¿qué?” –se pregunta- ¿qué vale más que la vida? ¿Qué hay de tanto valor que justifique la acción? ¿Amarnos? No, responde, “se trata de hacer a los hombres eternos” Por eso, “el conductor de pueblos de antaño, si no tuvo piedad por el dolor del hombre, tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que no sepultaría el desierto.”[10]

 

 

 

Armando Zerolo Durán

Profesor de la Universidad CEU San Pablo

[1] Nosotros los modernos. Madrid, Encuentro, 2006. P.37.

[2] Carta a un rehén. Buenos Aires, Goncourt, 1968. P

[3] Piloto de guerra. Barcelona, Círculo de Lectores, 1973. P.7.

[4] Op.Cit. p,13 y14.

[5] Carta a un rehen. Op. Cit. Pp  64 y 27.

[6] Vuelo nocturno. Anaya, 2003. P.71.

[7] Vuelo nocturno. Pp. 38 y 39.

[8] Carta a un rehen. Op. Cit. Pp  65.

[9] Ciudadela. Barcelona, Alba, 1997. P.49.

[10] Vuelo nocturno. Op.Cit.90.

 

 

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 MUJERES EN LA HISTORIA

https://elocho.wordpress.com/2009/03/15/mujeres-en-la-historia/

 

mujer8882La celebración a nivel mundial del Día de la Mujer nos proporciona un motivo para reflexionar acerca de cuál ha sido la función que ha cumplido en la sociedad la “parte femenina de la humanidad”. Esta reflexión debería ser el punto de partida para trabajar sobre los objetivos que nuestro mundo –y no exclusivamente las mujeres- deben marcarse en el fututo.

Ciertamente debemos a nuestras predecesoras en las últimas décadas el reconocimiento –aún en vías de ser universal- de las capacidades femeninas para acoger tareas que hasta hace menos de un siglo parecían exclusivamente masculinas. Y la tarea de nuestra generación es, si cabe, más compleja. Porque un desviado sentido del feminismo –el conocido como feminismo radical– está evolucionando hacia posturas que en absoluto favorecen a las mujeres. Tal es el caso de aquellas que piensan que la mujer debe “sustituir” al hombre en tantos campos, asumiendo formas e identidades que hasta ahora, y –según esta corriente- por puro convencionalismo social se consideraban exclusivamente masculinas.

 

Aquí hay un error de base, que conducirá –ya lo está haciendo- a complejos problemas que impiden que la mujer encuentre de verdad el papel que le corresponde en nuestra sociedad. Porque el grave peligro que esconden tales posturas es el de obligar a la mujer a dejar de ser ella misma.

El camino que ha de seguirse es mucho más sencillo. Se trata de alcanzar las más altas cimas en la vida social, política, cultural, etc., precisamente aportando lo que es específico de la mujer. Entonces, sí, el mundo será mejor. Porque a seculares valores y formas de hacer en las que sin duda han tenido un gran protagonismo los varones, se unirá el enriquecedor aporte de la mujer, con todas sus características específicas; porque están ahí, y no son fruto de una imposición masculina prolongada en la historia.

La capacidad de intuición de la mujer, su especial sensibilidad para hacerse cargo de realidades menos cuantificables y objetivas, su sentido práctico que le permite resolver problemas sin enfangarse en tortuosas discusiones…  todo ello enriquecerá y mucho la realidad humana en las próximas décadas. Ya se dijo que el siglo XXI sería el siglo de las mujeres. Pero prefiero interpretar esto pensando en que ¡por fin! la dualidad masculino-femenino, con un trabajo conjunto y complementario, proyectará un mundo inmensamente más rico que el diseñado y organizado por representantes de uno de los dos sexos exclusivamente.

 

 

Las mujeres no debemos caer en la tentación de renunciar a nuestras cualidades, que precisamente son nuestro gran activo. El desafío que se nos presenta no se resolverá a base de cuotas. Esa política quizá consiga algunos avances, aunque lo haga de una manera demasiado artificial. No nos basta con estar en puestos cimeros. De lo que se trata ahora es de que se reconozca nuestra valía para esos puestos sin que por ello se nos obligue a renunciar a otras actividades. Y en el caso de las madres, sin que se les fuerce (como sucede en la actualidad) a dejar la educación de sus hijos en manos de perfectas desconocidas. Yo no conozco a ninguna mujer de carne y hueso que realmente considere un logro estar fuera de su casa diez horas diarias, mientras una empleada realiza las tareas de la casa, y pasa las tardes cuidando a sus hijos. Sí he leído muchos panfletos propagandísticos defendiendo tal postura; pero insisto: aún no he conocido a ninguna mujer que alardee de no ver a sus hijos en todo el día gracias a que tiene un estupendo puesto en un Consejo de Administración.

 

 

Las líneas de trabajo son dos: la plena integración del varón en las tareas del hogar (no es un mero auxiliar del ama de casa) y un auténtico esfuerzo por lograr horarios flexibles que permitan realmente lograr la excelencia profesional tanto en casa como en el trabajo.

Hace unos días escuchaba una entrevista en la que la autora de varios libros sobre historia de la mujer hacía una afirmación que parece de Perogrullo, pero sobre todo está plena de sentido común. La mujer lleva incorporada al mundo laboral desde el principio de los tiempos; su reto actual es la plena inserción en el mercado laboral, eso es otra cosa. Porque lo cierto es que desde el mundo está habitado por seres humanos, la mitad femenina ha trabajado casi sin descanso y, desde luego, sin jubilación. ¿Y es esto una consecuencia de la secular sumisión al varón? Quien crea este postulado, no conoce a las mujeres (y no excluyo que haya elementos del sexo femenino que desconozcan su identidad, empeñadas en construir o deconstruir una nueva realidad femenina).

Y por último, puestos a elegir una persona que encarne los ideales de mujer y de ejercicio de la alta política, no dudo a la hora de quedarme con Isabel I, reina de Castilla, más conocida como Isabel la Católica.

 

 

isabel6888ygbb3Mujer de transición, finiquita la Edad Media y sienta las bases de la Modernidad en España.  Madre de cinco hijos, amante esposa de su marido, “el mejor rey de España”, según sus propias palabras, luchó desde muy joven por la defensa de lo que eran sus legítimos derechos, y se mantuvo hasta su muerte en esta contienda. Primero, escogió al que sería su marido entre los posibles, según su criterio independiente, enfrentándose al de su hermano el rey. Cuando comprendió que lo mejor para terminar de recuperar España era su matrimonio con el príncipe heredero de Aragón, aceleró su boda, para evitar más que previsibles oposiciones por parte de algunos consejeros del rey. Después, tras el fallecimiento de éste, luchó porque se reconociera su legítima soberanía a la Corona de Castilla, frente a los partidarios de la princesa Juana. Lo primero que hace tras la muerte del rey en diciembre de 1474 es apremiar su proclamación como legítima soberana. Pocas semanas después, cuando ronda los 24 años, y antes del estallido de la guerra civil, llega a un acuerdo con su marido a través de la llamada “Concordia de Segovia”. En esta importante decisión asegura las bases de su gobierno en Castilla, que comparte – pero en ningún caso haciendo cesión de sus prerrogativas – con su esposo, futuro rey de Aragón. Comparten responsabilidades, pero en ningún caso la reina pasa a un segundo plano en virtud de la posición de Fernando. Años más tarde, cuando Fernando sea proclamado rey, hará lo mismo con los territorios de la Corona de Aragón.

La vida de la reina está marcada por decisiones que afirman su legítima soberanía, al tiempo que ponen de manifiesto una gran capacidad para ir definiendo prioridades y trazando líneas de actuación que permitan el logro de los objetivos que se va fijando.

 

 

Ejemplo de ello es el empeño en la campaña de Granada. Cuando los turcos otomanos tomaron Constantinopla, todo el occidente cristiano quedó amenazado por la presencia islámica en los dos extremos de Europa. Isabel se propuso acabar con la amenaza que suponía el Islam en el extremo occidental, y no cejó hasta que cayó la ciudad de Granada, reducto final del reino nazarí que controlaba gran parte del oriente meridional de la Península.

Como este se podrían citar otros muchos ejemplos, como la reforma cultural y religiosa, sin parangón en ningún otro lugar de Europa. Isabel fue consciente de la necesidad de impulsar una auténtica reforma moral e intelectual del clero y las órdenes religiosas. El Cardenal Cisneros fue sin duda el gran apoyo con el que contó la reina en este campo. Con esta acción, se evitaban en España tentaciones reformistas al margen de la obediencia a Roma, como sucedería pronto en centroeuropa. La Universidad de Alcalá es aún símbolo y muestra de la actividad de reforma intelectual impulsada por la reina.

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Termino con una breve reflexión, que pienso refuerza aquella idea señalada al principio acerca de cómo algunos aspectos de la personalidad femenina pueden enriquecer distintos aspectos, tanto en la vida pública como privada. En noviembre de 1504 la reina Isabel está a punto de expirar. Agotada, ha visto fallecer a dos herederos, su hijo el príncipe Juan y su nieto, el príncipe Miguel, que podría haber unido a las herencias castellana y argonesa el territorio portugués. La heredera, Juana, es una desequilibrada casada con un príncipe que no comparte el proyecto político de sus suegros. Postrada en el lecho, en Medina del Campo, presa de terribles presagios acerca del futuro poco halagüeño que intuye para el Estado trabajosamente construido por ella y su esposo, la mente de la reina se desplaza a miles de leguas de distancia, a aquel territorio descubierto por un genovés y poblado por los que considera más débiles e indefensos de sus súbditos: los indios americanos. Y en este estado de postración redacta el codicilo que acompaña a su testamento, y que será todo un testimonio de la perfecta combinación que se da en Isabel de mujer de Estado y mujer de delicada conciencia.

Dice este documento que recoge una de las últimas voluntades de la reina: “suplico al rey, mi señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha princesa mi hija e al dicho Principe su marido, que ansí lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan ni den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; más mando que sean bien e justamente tratados. E si algún agravio han rescebido, lo remedien e provean”.

 

Mujer de Estado, acometedora de ambiciosas y arriesgadas empresas, defensora acérrima de sus derechos como mujer y como soberana, Isabel de Castilla dejó en la historia un testimonio del profundo enriquecimiento con que la mujer sin necesidad de renunciar su condición femenina, contribuye con grandeza a la construcción de nuevos mundos.

 

 

María Saavedra

 

 

Madrid, 8 de marzo de 2009

 

 


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