Mujeres en la historia

 

mujer8882La celebración a nivel mundial del Día de la Mujer nos proporciona un motivo para reflexionar acerca de cuál ha sido la función que ha cumplido en la sociedad la “parte femenina de la humanidad”. Esta reflexión debería ser el punto de partida para trabajar sobre los objetivos que nuestro mundo –y no exclusivamente las mujeres- deben marcarse en el fututo.

Ciertamente debemos a nuestras predecesoras en las últimas décadas el reconocimiento –aún en vías de ser universal- de las capacidades femeninas para acoger tareas que hasta hace menos de un siglo parecían exclusivamente masculinas. Y la tarea de nuestra generación es, si cabe, más compleja. Porque un desviado sentido del feminismo –el conocido como feminismo radical– está evolucionando hacia posturas que en absoluto favorecen a las mujeres. Tal es el caso de aquellas que piensan que la mujer debe “sustituir” al hombre en tantos campos, asumiendo formas e identidades que hasta ahora, y –según esta corriente- por puro convencionalismo social se consideraban exclusivamente masculinas.

 

Aquí hay un error de base, que conducirá –ya lo está haciendo- a complejos problemas que impiden que la mujer encuentre de verdad el papel que le corresponde en nuestra sociedad. Porque el grave peligro que esconden tales posturas es el de obligar a la mujer a dejar de ser ella misma.

El camino que ha de seguirse es mucho más sencillo. Se trata de alcanzar las más altas cimas en la vida social, política, cultural, etc., precisamente aportando lo que es específico de la mujer. Entonces, sí, el mundo será mejor. Porque a seculares valores y formas de hacer en las que sin duda han tenido un gran protagonismo los varones, se unirá el enriquecedor aporte de la mujer, con todas sus características específicas; porque están ahí, y no son fruto de una imposición masculina prolongada en la historia.

La capacidad de intuición de la mujer, su especial sensibilidad para hacerse cargo de realidades menos cuantificables y objetivas, su sentido práctico que le permite resolver problemas sin enfangarse en tortuosas discusiones…  todo ello enriquecerá y mucho la realidad humana en las próximas décadas. Ya se dijo que el siglo XXI sería el siglo de las mujeres. Pero prefiero interpretar esto pensando en que ¡por fin! la dualidad masculino-femenino, con un trabajo conjunto y complementario, proyectará un mundo inmensamente más rico que el diseñado y organizado por representantes de uno de los dos sexos exclusivamente.

 

 

Las mujeres no debemos caer en la tentación de renunciar a nuestras cualidades, que precisamente son nuestro gran activo. El desafío que se nos presenta no se resolverá a base de cuotas. Esa política quizá consiga algunos avances, aunque lo haga de una manera demasiado artificial. No nos basta con estar en puestos cimeros. De lo que se trata ahora es de que se reconozca nuestra valía para esos puestos sin que por ello se nos obligue a renunciar a otras actividades. Y en el caso de las madres, sin que se les fuerce (como sucede en la actualidad) a dejar la educación de sus hijos en manos de perfectas desconocidas. Yo no conozco a ninguna mujer de carne y hueso que realmente considere un logro estar fuera de su casa diez horas diarias, mientras una empleada realiza las tareas de la casa, y pasa las tardes cuidando a sus hijos. Sí he leído muchos panfletos propagandísticos defendiendo tal postura; pero insisto: aún no he conocido a ninguna mujer que alardee de no ver a sus hijos en todo el día gracias a que tiene un estupendo puesto en un Consejo de Administración.

 

 

Las líneas de trabajo son dos: la plena integración del varón en las tareas del hogar (no es un mero auxiliar del ama de casa) y un auténtico esfuerzo por lograr horarios flexibles que permitan realmente lograr la excelencia profesional tanto en casa como en el trabajo.

Hace unos días escuchaba una entrevista en la que la autora de varios libros sobre historia de la mujer hacía una afirmación que parece de Perogrullo, pero sobre todo está plena de sentido común. La mujer lleva incorporada al mundo laboral desde el principio de los tiempos; su reto actual es la plena inserción en el mercado laboral, eso es otra cosa. Porque lo cierto es que desde el mundo está habitado por seres humanos, la mitad femenina ha trabajado casi sin descanso y, desde luego, sin jubilación. ¿Y es esto una consecuencia de la secular sumisión al varón? Quien crea este postulado, no conoce a las mujeres (y no excluyo que haya elementos del sexo femenino que desconozcan su identidad, empeñadas en construir o deconstruir una nueva realidad femenina).

Y por último, puestos a elegir una persona que encarne los ideales de mujer y de ejercicio de la alta política, no dudo a la hora de quedarme con Isabel I, reina de Castilla, más conocida como Isabel la Católica.

 

 

isabel6888ygbb3Mujer de transición, finiquita la Edad Media y sienta las bases de la Modernidad en España.  Madre de cinco hijos, amante esposa de su marido, “el mejor rey de España”, según sus propias palabras, luchó desde muy joven por la defensa de lo que eran sus legítimos derechos, y se mantuvo hasta su muerte en esta contienda. Primero, escogió al que sería su marido entre los posibles, según su criterio independiente, enfrentándose al de su hermano el rey. Cuando comprendió que lo mejor para terminar de recuperar España era su matrimonio con el príncipe heredero de Aragón, aceleró su boda, para evitar más que previsibles oposiciones por parte de algunos consejeros del rey. Después, tras el fallecimiento de éste, luchó porque se reconociera su legítima soberanía a la Corona de Castilla, frente a los partidarios de la princesa Juana. Lo primero que hace tras la muerte del rey en diciembre de 1474 es apremiar su proclamación como legítima soberana. Pocas semanas después, cuando ronda los 24 años, y antes del estallido de la guerra civil, llega a un acuerdo con su marido a través de la llamada “Concordia de Segovia”. En esta importante decisión asegura las bases de su gobierno en Castilla, que comparte – pero en ningún caso haciendo cesión de sus prerrogativas – con su esposo, futuro rey de Aragón. Comparten responsabilidades, pero en ningún caso la reina pasa a un segundo plano en virtud de la posición de Fernando. Años más tarde, cuando Fernando sea proclamado rey, hará lo mismo con los territorios de la Corona de Aragón.

La vida de la reina está marcada por decisiones que afirman su legítima soberanía, al tiempo que ponen de manifiesto una gran capacidad para ir definiendo prioridades y trazando líneas de actuación que permitan el logro de los objetivos que se va fijando.

 

 

Ejemplo de ello es el empeño en la campaña de Granada. Cuando los turcos otomanos tomaron Constantinopla, todo el occidente cristiano quedó amenazado por la presencia islámica en los dos extremos de Europa. Isabel se propuso acabar con la amenaza que suponía el Islam en el extremo occidental, y no cejó hasta que cayó la ciudad de Granada, reducto final del reino nazarí que controlaba gran parte del oriente meridional de la Península.

Como este se podrían citar otros muchos ejemplos, como la reforma cultural y religiosa, sin parangón en ningún otro lugar de Europa. Isabel fue consciente de la necesidad de impulsar una auténtica reforma moral e intelectual del clero y las órdenes religiosas. El Cardenal Cisneros fue sin duda el gran apoyo con el que contó la reina en este campo. Con esta acción, se evitaban en España tentaciones reformistas al margen de la obediencia a Roma, como sucedería pronto en centroeuropa. La Universidad de Alcalá es aún símbolo y muestra de la actividad de reforma intelectual impulsada por la reina.

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Termino con una breve reflexión, que pienso refuerza aquella idea señalada al principio acerca de cómo algunos aspectos de la personalidad femenina pueden enriquecer distintos aspectos, tanto en la vida pública como privada. En noviembre de 1504 la reina Isabel está a punto de expirar. Agotada, ha visto fallecer a dos herederos, su hijo el príncipe Juan y su nieto, el príncipe Miguel, que podría haber unido a las herencias castellana y argonesa el territorio portugués. La heredera, Juana, es una desequilibrada casada con un príncipe que no comparte el proyecto político de sus suegros. Postrada en el lecho, en Medina del Campo, presa de terribles presagios acerca del futuro poco halagüeño que intuye para el Estado trabajosamente construido por ella y su esposo, la mente de la reina se desplaza a miles de leguas de distancia, a aquel territorio descubierto por un genovés y poblado por los que considera más débiles e indefensos de sus súbditos: los indios americanos. Y en este estado de postración redacta el codicilo que acompaña a su testamento, y que será todo un testimonio de la perfecta combinación que se da en Isabel de mujer de Estado y mujer de delicada conciencia.

Dice este documento que recoge una de las últimas voluntades de la reina: “suplico al rey, mi señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha princesa mi hija e al dicho Principe su marido, que ansí lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan ni den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; más mando que sean bien e justamente tratados. E si algún agravio han rescebido, lo remedien e provean”.

 

Mujer de Estado, acometedora de ambiciosas y arriesgadas empresas, defensora acérrima de sus derechos como mujer y como soberana, Isabel de Castilla dejó en la historia un testimonio del profundo enriquecimiento con que la mujer sin necesidad de renunciar su condición femenina, contribuye con grandeza a la construcción de nuevos mundos.

 

 

María Saavedra

 

 

Madrid, 8 de marzo de 2009

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Comments
2 Responses to “Mujeres en la historia”
  1. pandi dice:

    Muy cierto, sin esa dualidad hombre-mujer/ mujer-hombre… sólo estaremos dando vueltas como una peonza por ver quien puede más.
    Si ya lo decían entonces -por cierto muy a cuento en esta ocasión- “tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando”. Un claro y evidente ejemplo de donde está el progreso ¿no?

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