Boicot en Belén

 

Es día 1 de diciembre de 2002. Amanece en Belén. Sarah lleva en pie más de media hora. Ya ha hecho sus oraciones y ha preparado el desayuno. Ahora se dirige al cuarto de sus hijas para despertarlas. Mientras, su marido se despereza. Josué es ganadero y agricultor. Aunque la tierra es pobre y no produce gran cantidad de alimentos, se levanta alegre con el primer rayo de sol y sale canturreando hacia la habitación de Joseph, el pequeño de la familia: sólo tiene seis años, pero casi ha perdido su infancia.

Todos se reúnen en la cocina. El desayuno está en la mesa. No es mucho, pero lo que importa es que todos están juntos otro día más. Así, después de desayunar, dan gracias a Dios y se dirigen a sus quehaceres. Josué sale con el ganado a los prados: esa noche ha llovido y hoy la tierra mojada huele a pasto fresco, muy apetecible para las ovejas. Sarah coge una cesta y algo de dinero. Siempre va a comprar temprano, con Joseph y Esther de la mano, pues la escuela está de camino al mercado. Esther ya ha cumplido los ocho años y le gusta mucho ir a clase: aprende muchas cosas y juega con sus amigas.

En casa se queda Ruth, la mayor de los tres hijos. Tiene quince años, es dócil y alegre, aunque muy callada. Comienza a recoger la cocina cuando se ha quedado sola, y se la oye cantar. No va a la escuela: hace tres años terminaron las clases para ella. Sus padres no pueden pagar los estudios superiores, pues tienen el dinero justo para vivir. De pequeña soñaba con ser una mujer importante que acabaría con la diaria guerra palestino-israelí en la que se ve envuelta su pequeña ciudad. Pero sólo podrá conformarse con ser como su madre: una perfecta y dulce ama de casa, cosa que no le disgusta en absoluto.

Ruth ayuda a su madre en todas las tareas del hogar. Va aprendiendo a coser, a cocinar, a limpiar… A las cinco de la tarde sale en busca de sus hermanos y vuelven juntos a casa, entreteniéndose por el camino pero sin tardar demasiado. A las siete aparece Josué y poco después se oye el toque de queda. La cena está servida. Todos hablan de su día y comparten todo en familia. A las nueve los pequeños se van a la cama. Joseph sólo se duerme si su padre le narra alguna de sus picardías de juventud. Ruth y Esther leen con su madre un pasaje de la vida de Jesús. Luego, Sarah y Josué se dirigen a su lecho.

 

Los días transcurren rutinarios, aunque sin monotonía: siempre hay algo nuevo que contar. Los domingos, sin embargo, se visten de fiesta: no hay que madrugar (aunque Sarah no abandona sus costumbres) y van juntos a misa a la Iglesia de Santa Catalina. Normalmente se llena de peregrinos y visitantes, sobre todo en estas fechas. Pero apenas hay gente: el miedo aterroriza a todo extranjero, pues todos los días se produce algún tiroteo en Belén. Las tropas israelíes han tomado la ciudad habitada por palestinos, musulmanes y cristianos. La familia de Sarah y Josué, también cristiana, tiene miedo pero no pierde la confianza en Dios.

Han pasado tres semanas y la Navidad se acerca. Son las fechas preferidas por Joseph y Esther: ¡Los Reyes Magos traen regalos! Ruth sólo calla, pero en Navidad parece que habla con la mirada: sus ojos brillan como los primeros luceros del atardecer y se vuelven azules como el celeste cielo en un día de sol. Esther contempla boquiabierta a su hermana durante horas. No entiende cómo Ruth puede tener el pelo tan negro como su padre y los ojos tan claros como su madre, pues ella es rubia y sus ojos son azules; es clavada a su madre. Y Joseph es igual que su padre, moreno y de ojos marrones. “¿Cómo puede ser Ruth tan guapa?”- es lo único que piensa cuanto más la mira… Y más aún cuando la mayor levanta la mirada de sus labores para sonreír a la pequeña.

Sólo falta un día para Nochebuena. ¡Qué buen día! No hay clase y sólo es tiempo para pasar horas y horas en familia. Aparece Josué con una caja grande en las manos. La trae desde el corral. “¿Qué ocultará?” ¡Los adornos! Ahora es el momento en que la gris casa toma un color muy especial y entrañable… Joseph y Esther cogen un par de tiras y suben corriendo a sus habitaciones. Detrás suben sus padres con muchos más adornos. Josué coloca las tiras en la habitación de Joseph: en el marco de la ventana, en la lamparilla… Sarah hace lo mismo en la de sus hijas. Luego los cuatro decoran la habitación del matrimonio. Cuando regresan abajo, el pequeño salón ya está decorado y el Misterio está colocado encima de la mesita. Ruth siempre escoge la mejor parte. Otro año más tiene a San José, a la Virgen y al Niño en su casa. No hay mula, ni buey, ¡ni portal! Pero es, sin duda, el “Belén” más bonito y cálido de la ciudad.

Se tiene costumbre de adornar la casa por fuera también, así que Sarah y Josué cogen la caja  salen. Ruth y los niños van poniendo la mesa. Pero los padres vuelven a entrar con la caja llena. Josué, además, trae un papel en la mano: NUEVE PUNTOS DE PROTESTA CONTRA ISRAEL. Es un documento en el que los líderes cristianos palestinos llaman a boicotear las fiestas navideñas en Belén, a la vez que se solidarizan con sus vecinos musulmanes. La familia se sienta a la mesa y, antes de cenar, Josué lee los nueve puntos:

1-      Boicot de todas las festividades navideñas.

2-      Abstenerse de colocar adornos navideños fuera de las casas.

3-      No participar en la tradicional procesión del Patriarca en la mañana de Nochebuena.

4-      Acudir sin mostrar alegría a la Misa del Gallo. No hacerlo si los soldados israelíes están en el centro de la ciudad.

5-      Los cristianos de Jerusalén y Nazaret no deben acercarse a Belén aunque se lo permitan.

6-      Apagar las luces en  Belén en Nochebuena.

7-      Rebelarse contra la discriminación de Israel entre cristianos y musulmanes palestinos, ya que no levantó el toque de queda durante el sagrado mes de Ramadán y sí lo hará en Navidad.

8-      La prensa debe conocer la vida cotidiana y no sólo la fiesta de Navidad.

9-      Enviar denuncias a los organismos internacionales.

Después de la lectura llegó la cena y, con ella, una lluvia de preguntas: ¿Qué es boicot? ¿Por qué no habrá luces en Nochebuena? ¿Por qué no puede haber alegría en Navidad? ¿Por qué no se puede ir a Misa  ni adornar las casas?… Joseph y Esther no entendían nada. Ruth… Ruth volvía a tener los ojos de color gris, pero esta vez era un gris muy oscuro: “Una Nochebuena triste- pensaba -, ¿cómo podrá ser si el Niño vuelve a la Tierra?” Sin duda esa iba a ser una Navidad tristemente inolvidable: no habría adornos fuera de casa, ni luces en la ciudad y tampoco habría Misa del Gallo… “¡Eso sí que no!”- Ruth no estaba dispuesta a consentirlo; callada, sí, pero valiente.

Al terminar de cenar, y mientras Joseph y Esther miraban por la ventana la apagada ciudad de Belén, Ruth habló con sus padres: se había propuesto escribir a  la ONU. Pediría ayuda; ella tenía que hacer algo. Pero, ¿quién llevaría la carta a Bruselas… ¡en un día!? Era todo imposible, mas Ruth no se daría por vencida. Esperó a que todos se durmieran. Bajó al salón, encendió una vela y, delante del Misterio, comenzó a escribir. Sarah había oído sus pasos y se asomó a la escalera. No interrumpió a su hija. Sabía que algo escondía, un secreto, pues si no ¿cómo se había decidido a escribir si la carta no llegaría a tiempo?

La familia se levantó temprano la mañana del día 24 de diciembre, como cada día, pero era fiesta. Los niños jugarían todo el día y ayudarían a su padre a dar de comer a los animales. Sarah pasaría el día en la cocina preparando la gran cena con Ruth. Pero ésta tenía otros planes, y después de desayunar no recogió la mesa, sino que se puso el abrigo. Sarah no preguntó nada, y Ruth se marchó prometiendo no volver tarde. Josué y los pequeños ya habían comenzado su tarea.

 

Ruth caminaba deprisa, con su escrito en la mano. Hacía frío pero no se detenía. Pensaba en conseguir la paz el día de Nochebuena. Atravesó la plaza muy apresurada y ante la atenta mirada de las tropas israelíes. Un militar la detuvo: ella contuvo la respiración mientras su corazón comenzaba a acelerarse. Pensaba en su pequeña “misión”, en el Niño, en su familia… ¿Qué pasaría ahora que los militares apuntaban con sus armas a su cuerpo?

Al ver que sólo era una muchacha la dejó continuar. Ahora corría hacia las afueras de la ciudad: cada calle que cruzaba estaba sitiada por los invasores, pero no se detenía en su carrera.

No muy lejos de allí había un campamento de voluntarios que pertenecían a la ONU. Por estas fechas solían venir a repartir provisiones de comida entre los más pobres de la zona. Ruth lo sabía porque ella había ido varias veces a recoger algo de comida para la familia. Al llegar comenzó a buscar entre la gente un rostro… Sólo se veían trajes de camuflaje entre toda la muchedumbre. Una voz a su espalda susurró su nombre… Ella quedó paralizada. Se volvió despacio; al ver a un militar se echó hacia atrás, pero al fijarse en la inconfundible mirada de su amigo se sintió aliviada. ¡Era Josh! Había dejado de ser voluntario para convertirse en militar, y ya no tenía dieciocho años sino veintiuno. Estaba más alto y fuerte… pero su dulce y verde mirada seguía intacta: ¡era él!

Tras una breve charla Ruth le entregó su escrito y volvió a casa con prisa. Josh lo leyó. Alarmado, llamó a la sede de la ONU.

Ruth llegó a su casa mientras su madre ponía la mesa. No se habló una palabra. Sarah estaba intrigada pero algo le decía que su hija no se había equivocado. La tarde pasó rápida y la sabrosa cena iba a ser servida cuando llamaron a la puerta. Josué abrió y se sorprendió al ver a dos militares norteamericanos… Josh traía noticias: los soldados israelíes desaparecerían esa noche de Belén y todo el día siguiente. Todos miraron a Ruth: tenía en sus labios dibujada una sonrisa blanca y radiante y su mirada, de nuevo azul, clavada en Josh.

Los militares se marcharon y la familia cenó con alegría. Más tarde se vistieron y salieron de su casa, camino de la Iglesia de Santa Catalina. Los israelitas se habían marchado, pero los periodistas seguían ahí, informando al mundo de todo lo que acontecía en Belén. Todos los cristianos siguieron las normas del documento. No mostraron su alegría al ir a la Misa del Gallo (“porque Nochebuena y Navidad son sólo 24 horas mientras que los otros 364 días vivimos ocupados y humillados por Israel”- palabras de los barones cristianos-), pero sus corazones rebosaban felicidad. Ruth había conseguido hacer realidad su sueño: acabar con la guerra en su ciudad. Aunque sólo por un día, era el de Nochebuena y Navidad. Flotaba en una nube mientras rezaba a Jesús recién nacido. Sus preciosos ojos azules no tenían fondo: el propio Niño se habría perdido en su mirada…

El día 25 fue inolvidable. Belén hizo caso a los nueve puntos del boicot ante los medios de comunicación para mostrar al mundo su triste y amarga rutina, pero dentro de las casas se vivía con intensidad el Nacimiento del Salvador. Joseph, Esther y Josué cantaban villancicos delante del Misterio. Sarah hacía la comida y Ruth ayudaba a su madre, con la mirada y la mente perdidas… Josh era la causa. Entonces Sarah dio el abrigo a Ruth y le dijo que no volviera sin haber agradecido a su amigo aquella gran ayuda. Ruth besó a su madre y recorrió el pueblo aprisa, ahora sin miedos. Llegó al campamento y enseguida encontró a Josh: estaba repartiendo comida, como lo hacía cuando ella lo conoció. Sorprendido abandonó su tarea y se dirigió a la joven. Una charla, un fuerte abrazo… Sus miradas se cruzaron y al instante aparecieron dos sonrisas. Prometieron hacer crecer su amistad…

Ruth corrió a casa. La comida estaba servida. La tarde pasó rápida y la noche ya anunciaba la no deseada rutina.

El día 26 de diciembre Sarah se levanta muy temprano y Josué con el primer rayo de sol. Es día de trabajo, pero los niños no irán a la escuela hasta enero. En el centro de la ciudad de Belén aparecen los enormes tanques israelíes y, con ellos, las primeras matanzas. Al sonido de los disparos Ruth abre los ojos. Habrá que esperar a la siguiente Nochebuena para ver cómo su gris mirada se torna azul de nuevo.

 

Silvia Tapia

Boicot en Belén

Mención de Honor en el certamen de literatura juvenil de Arganda, 2002

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