Hablemos de Lisboa

Hay muchas cosas que dejan su marca y su sello en las ciudades. El paso del tiempo, estructuras o reestructuraciones de importancia, momentos históricos o los procesos naturales y medioambientales dan sus peculiaridades a las ciudades y en especial a las capitales. Hablemos de Lisboa. Si a alguien se le pregunta por cual es esa marca o sello que tiene la capital lusa incrustada, seguramente la respuesta sería que su situación al lado de la majestuosa desembocadura del Tajo. Puede que también señalara la ‘peculiar’ morfología de sus calles, con enormes y empinadas cuestas que tienen su origen en el devastador terremoto de 1755. O destacaría la situación de la ciudad entre sus 7 colinas como si de una pequeña Roma se tratase.

Sin embargo, esas no son las únicas características de Lisboa. Por encima de todas ellas y de otras muchas, destaca como la más importante de todas las señas de identidad de la ciudad su Historia. Y cuando hablo de ese magnánimo y eterno concepto no me refiero a toda la historia de Lisboa, si no a un punto exacto de su historia: la dictadura.

Las dictaduras dejan su estampa en las ciudades de los países que las sufren. Y las capitales como escudo y fiel reflejo del estado del país lo notan más. Todo puede deberse a la empatía. Un turista español, y especialmente un madrileño conoce esa sensación que deja en una ciudad como Madrid una historia en la que se ha coartado el devenir de las personas. Es algo inexplicable aunque notable. Y por supuesto, al igual que sucede en Lisboa, se siente por lo cercano en el tiempo en donde se sitúa el final de esas paralelas dictaduras. La franquista de casi 40 años entre 1939 y 1975 y la de Salazar que duró 48 años (de las más largas de la historia de Europa incluyendo la dictadura militar -1926 a 1933- y el Estado Novo -1933 a 1974).

No es lo único que tienen en común ambas culturas, española y portuguesa. Aparte de la facilidad que la mayoría de lusos tienen para entender el castellano, la cercanía que los dos países ibéricos tienen en cuanto a forma de vida hace que cualquier visitante español se vea abrigado por un clima que se pelea con gusto entre lo foráneo y lo hogareño. Eso sí, con el bacalao y otras especialidades como estrellas propias, el Tajo convertido en Tejo –Tello en su pronunciación- y otras peculiaridades. Como me dijo un portugués entre risas “en algo teníamos que diferenciarnos”.

Luz. Eso tiene Lisboa, luz. La tiene porque tras un tiempo de dictadura llega la libertad y esa libertad es la luz. Sobre todo la luz de la ilusión. La luz que tiene el pueblo lisboeta y el portugués por recorrer a prisa todo el camino que llevan perdido. Camino que intentan superar a pasos de gigantes las dos plazas más céntricas, la del Rossio y la del Comercio. La primera con mucho más encanto vista desde las alturas de uno de los elevadores de la ciudad –el de Santa Justa-  que desde el suelo. Y la segunda, sin terminar de maquillar pero disimulada por el color que le otorga tener la orilla del río Tajo con tan sólo bajar unas escaleras.

 

Ciudad de contrastes. Porque el Tejo la hace marítima sin serlo. Porque esa luz ya explicada tiene su contrapunto en lo descuidado de muchas zonas. Por ejemplo, el barrio de Alfama, barrio árabe, el que lleva al Castillo de San Jorge que gobierna la ciudad desde lo alto, es un barrio cerrado y viejo de los que suelen ocupar los arrabales de las ciudades. Sin embargo, Lisboa lo sitúa en su corazón y hace del centro de la ciudad su lugar más peculiar. Subir por él en un tranvía de hace 100 años y escuchar cómo los viejos transistores cantan desde dentro de las lúgubres casas viejos y añejos fados, son el mayor ejemplo de su peculiaridad.

Pero es evidente que esto tiene su parte amarga. Da pena ver por ejemplo la Avenida de la Liberdade, que puede considerarse como la artería principal, con una cantidad muy amplia de edificios abandonados y descuidados. Varios estudios de 2008 contabilizaban que  en Lisboa había 4.000 edificios abandonados de un total de 55.000. Responsables del gobierno de Portugal y de la administración lisboeta asumen que las grandes ciudades portuguesas sufren el elevado número de pisos desocupados, el declive demográfico y el envejecimiento de la población.

Complicada rémora que pese a todo parece combatirse con el ADN portugués. Ese que se desprende de la gente que puebla y trabaja en el centro de la capital. Desprenden pasión. Pasión por la familia, por la cultura, por el fútbol o por tener ganas de llamar a la puerta de Europa recordando que ahí está Portugal. No es casualidad que el poeta Fernando Pessoa sea símbolo turístico o que la plaza de Luis de Camoes –uno de los epicentros de la Revolución de los Claveles que significó el fin de la dictadura un 25 de Abril de 1974- respire tranquilidad y belleza junto a las calles más comerciales de la ciudad en el límite entre el Chíado y el Barrio Alto. Zona esta última en la que tampoco es casualidad que por la noche se respire aire cosmopolita. De fiesta sí, pero cosmopolita. Calles repletas de gentes sentadas en mesas, escaleras o en el suelo porque los locales están rebosantes y que brindan con copas a la luz de la luna.

Contrastes que para algunos serán positivos y para otros negativos. Pero que no dejan indiferente. No encontrarás una ciudad europea con más diferencias en menos espacio y en zonas tan próximas. Un barrio viejo y ennegrecido, otro con enormes y empinadas cuestas, otro con vida cultural y bohemia y otro turístico. Contrastes para vivir en tranvía, para dejarse llevar sin miedo y descubrir que los portugueses son tan amables que te avisan alarmantemente del gran número de delincuentes y carteristas que hay a la espera de inocentes turistas.

Contrastes impresionantes como el que hace que una iglesia derruida sea la metáfora de Lisboa. El Convento do Carmo se destruyó tras el terremoto de 1755, se intento reconstruir posteriormente pero se paralizó por falta de dinero. Se dejó derruido para pasar a ser parte de forma insustituible del paisaje lisboeta. Ahí está la clave: Algo semi derruido se convierte en un lugar tremendamente hermoso y placenteramente inaudito.

Eso es Lisboa, un viaje que se convierte en hermoso por ser raro, insólito e inaudito. ¿Qué marca si te gusta o te disgusta? Pues lo mismo que hace que te desplaces hasta el barrio de Belem y contemples su histórica Torre a la orilla del Tajo, el monumento a los descubridores -de creación y origen ya en la dictadura- o el Convento de los Jerónimos  y cada uno produzca una sensación diferente para cada diferente viajero. Porque como dijo Pessoa: “Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.

Jesús Ruiz

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Comments
2 Responses to “Hablemos de Lisboa”
  1. Pandi dice:

    Ciudad de contrastes total!!! Gusta y decepciona a la vez. Sin duda, para mí, lo mejor de todo El Carmo…. una pasada!.

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  1. La pagina de tu Blog se ha actualizado…

    [..]Articulo Indexado Correctamente en la Blogosfera de Sysmaya[..]…



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