RIVIERA MAYA (2)

RIVIERA MAYA  (desenlace)

 

 

          Hay que ponerse el guardavidas. Ya sabe, son las reglas.

 

 

Refunfuñé molesto, pero le hice caso, aunque él no llevaba ninguno.                               

 

          Está bien, todo sea por la concordia entre civilizaciones.

          Me sigues, y te llevo hasta donde hay más peces. Y no toques los corales. Solo los miras, –me advirtió seriamente.

 

Nadamos los tres sobre el agua traslúcida. Los cristales de mis gafas acuáticas permitían ver el fondo con toda claridad, iluminado por la luz solar. Los vívidos colores de los peces se multiplicaban alrededor nuestro. Se deslizaban por las aguas transparentes, con tal ligereza y suavidad que a veces me parecía que, en sus acercamientos, se mofaban de los inútiles esfuerzos por alcanzaros con la mano. Llegamos hasta una inmensa  roca sumergida como un parapeto que desviaba las corrientes subterráneas. Parecía partida en dos, pero las partes estaban enlazadas justo por debajo de la superficie y se juntaban sucintamente también sobre el fondo, de manera que formaban una gran oquedad, pero no era una gruta, pues se veía el mar al otro lado de las rocas y los peces entraban y salían a uno y otro lado del orificio. Sentí curiosidad por seguir a los peces que lo traspasaban. Así que sin mediar palabra me desembaracé del chaleco protector y me sumergí. Una mano agarró con fuerza la mía. Era Marvin. Sin duda, había adivinado mis intenciones, y adelantándose a ellas, nadando a mi lado, me guiaba hacia la boca. No quería dejarme llevar de ese modo, así que nadé con energía tratando de dejarlo atrás mientras penetrábamos por la abertura de la roca. Nos rodeaba un paraíso multicolor de peces de color extravagante y formas misteriosas de plantas acuáticas. Pero ni aún la fascinación que me producía el espectáculo de los peces rodeándonos,  emergiendo por la hendidura de la roca o sumergiéndose junto a nosotros, apaciguaba mi desazón de sentirme humillado por tanta solicitud de Marvin. Conseguí distanciarle algo y me esforcé para que desistiera de seguirme. Eso me animó para proseguir con brazadas más intensas en el cristalino interior del túnel. Casi mecánicamente me despojé del bañador que entorpecía mis movimientos. Había atravesado ya gran parte de la grieta, y ya empezaba a advertir que me faltaba la respiración, cuando sentí un agudo dolor por encima de una de las rodillas. Había rozado una punta afilada de la roca. Me revolví inquieto, porque notaba que mis pulmones requerían aire. La afilada roca me había desgarrado la carne y tocado el hueso. El agua tomaba color de sol  al mezclarse con la sangre. La rodilla me dolía intensamente mientras teñía pálidamente el entorno de un color púrpura que palidecía al diluirse en el flujo marino. Con una mano tapé la herida. Y traté torpemente de nadar con la otra para salir de la oquedad. Tal vez empezaba a desvanecerme cuando vi acercarse a Ischel por el lado opuesto de la hendidura. Ala vez  que yo me revolvía esforzándome en salir de la pétrea coraza que nos rodeaba asíó la mano que me quedaba libre y tiró de ella para sacarme a la superficie. Me había desembarazado antes con enojo de la sujeción de Marvin, pero ahora no pude evitar sentirme aliviado, asido por Ischel. Boqueé para respirar intensamente al quebrar la superficie, abriendo mis pulmones a los aromas salinos y me dejé mecer sobre el agua empujado por los brazos de Ischel.

 

          Nademos hasta la playa.

          No sé si podré. Me hice daño con una piedra en la rodilla. Y me falta el aire.

 

Apoyada en la roca, se despojó del corpiño y lo anudó en la rodilla sangrante. La dejé hacer, sin siquiera esforzarme en desviar la mirada de su pecho incitante. Pero luego nadamos, nadamos en silencio, nadaron nuestros cuerpos bronceados, semidesnudos, acalorados y húmedos. No sé hacia dónde, ni tampoco de dónde sacaba ella la fuerza para guiarme tomándome del brazo. Pero advertía que una energía imprevisible me guiaba por las desconocidas ondas como si previera que el océano hubiera dispuesto un rumbo particular para encauzar sus rítmicos impulsos y compensar mis torpes brazadas. El agua salobre me sabía a mezcal añejo en los labios y hube de forzarme para no sorberla. Imaginé, al  amparo de aquel mar templado, animado por corrientes invisibles, que ella era una ondina protectora de la que emanaba la vida latente bajo las aguas. A veces, cuando descansaba del esfuerzo, su mano acariciaba mi rodilla contusa. Y yo me dejaba palpar y llevar mansamente, abandonando mi instinto de supervivencia a su vigor, desprovisto de voluntad y de rumbo. La ninfa me miraba de soslayo y yo intentaba retener su sonrisa enigmática mientras sentía el tierno roce de su piel junto a la mía. Cuando, tras un tiempo que no sabría concretar, me abandoné sobre la arena de la playa, oí la voz de Marvin.

 

          Estáis desnudos.

          Sangraba mucho y tuve que anudarle la rodilla. 

          El agua salada le ha cortado el derrame.

          Le quitaré el corpiño-

          Le advertí que no se quitara el chaleco. Tuve que ir a recogerlo, -reprochó al aire.

 

Le oía distante pero no tenía ánimo ni fuerza  para replicarle. La arena olía a mezcal y el cielo me envolvía entre las sombras tenues que cercaban mi vista.

          Se cortó con una roca, -explicó Ischel. Y colocó su mano sobre la herida, que,

tal vez, siguiera sangrando algo todavía. Mis sienes ardían bajo sus pechos castaños y sus ojos oscuros. Hubiera deseado que aquella suave caricia siguiera allí congelada por el tiempo para aliviar la irritación invisible de mi alma, pues no sentía las visibles molestias del cuerpo. Entre el movimiento ondulado de las olas y la mirada acogedora de Ischel, escuché la voz de Marvin:

 

      Bebió demasiado de ese mezcal de tu padre que le descontroló. Le avisé que era distinto del tequila a que se estaba acostumbrado. Pero no es dócil, como otros turistas…

      Tiene una raja profunda.

     La limpiaré con mezcal. Tengo una botella en la bitácora.

 

Me roció con el alcohol la rodilla ensangrentada. La piel y la carne herida ardían bajo el sol inclemente y el efecto, aún más abrasador, del maguey. El aroma del ágave destilado arrullaba mis desapacibles sentimientos. La vista se me nublaba, incapaz de distinguir entre el cielo y la mar, la arena y las rocas, la cadencia de las olas y el murmullo de la brisa. A mis oídos llegaba el cíclico golpe de las pequeñas olas al precipitarse en la pálida playa, el graznido de alguna de esas aves escuálidas que semejan gaviotas y cuyo nombre nunca aprenderé y el murmullo de un hombre y una mujer que susurraban junto a mí. No sabría decir si giraba el mundo o mis sentidos febriles me lo hacían parecer, pero algo daba vueltas en mi cabeza, o tal vez fuera la cabeza que giraba, quién sabe qué.

 

          Dejaremos que duerma.

          Así le pasarán la ebriedad y el dolor.

 

Había dejado la botella a mi lado. La agarré insensatamente para tomar un último trago con la duda de si aliviaría o aumentaría mi ansiedad. El líquido ardiente me agarrotó la garganta y creo que después, no sé por qué orden, el mundo aumentó sus giros y envuelto en vapores, me desmayé o me dormí. Del interior del océano llegaba, alborotando mi mente, el ritmo de un ritual profano. Las cabezas de los danzarines caían rodando por las crestas de inmensas olas y los  cuerpos se amontonaban exánimes en el llano, entre el griterío ensordecedor de una multitud indígena que animaba a los jugadores de pelota a lanzarla por el agujero que conduce a la victoria. Los templos rodeados de espesura estaban abarrotados por el gentío. Algunos se descolgaban por las lianas y otros perseguían a los jugadores enarbolando lanzas que arrojaban contra ellos.

No sé cuándo ni cómo llegaron a mis oídos, entre las brumas del sueño, los gemidos, dulces o airados, no sabría decidirlo, de una mujer. ¿Una mujer? Desperecé los entumecidos miembros y abrí los ojos. Lentamente mi vista se fue acomodando al entorno del islote. Conseguí levantarme. Allí, frente a mí, dos cuerpos desnudos, arrollándose mutuamente, armonizaban sus pérfidos movimientos en una cadencia peristáltica. Ischel gemía bajo el abrazo impetuoso de Marvin. Entonces sí que advertí que mis sienes ardían. Era la fiebre que se agolpaba en mi cabeza y la ira que me cegaba y un humor salvaje que inundaba mi cuerpo y me hizo olvidar el punzante dolor de la rodilla. Ella seguía gimiendo, respirando agitadamente. Su cuerpo desnudo e inmóvil bajo el de Marvin. Los brazos rendidos y lacios. El rostro iluminado por los rayos de un sol que comenzaba a declinar por occidente. Sus ojos cerrados y la boca entreabierta, esperando acoger entre los suyos los labios del mestizo. Un dolor salvaje inundó mi ánimo antes de gritar.

 

          Marvin, déjala, miserable.

Cesaron entonces los arrullos, y Marvin detuvo su jadeo para mirarme. Advertí que estaba sorprendido.

          Miserable bastardo, -repetí-. ¿No sabes que es mía?

Respiró un momento. Y luego, tratándose de incorporar sobre el cuerpo de ella, me miró con parsimonia.

          Es mi esposa, -dijo por toda explicación.

          Mientes.

 

Antes de abalanzarme sobre él, tomé la botella de mezcal, di un golpe con ella sobre la roca, y sin dar tiempo a que reaccionara, tracé con el curvo cristal un profundo tajo en su cuello de indígena mestizo. Se llevó la mano a la herida, mientras la sangre comenzaba a manar imparable.  Me miró con ojos abiertos, estremecidos y relucientes, cuando se doblaron sus rodillas y se desplomaba en a arena:

 

          Pirata español. Tú sí eres miserable. Es mía, es mi esposa.

 

Y quedó tendido a mis pies, con los brazos convulsos intentando asir algún trazo del cielo. Sin saber dónde mirar ni qué hacer, dejé caer, aturdido, el cristal de la botella. Apenas oí el alarido de la mujer.

 

– Maldito, maldito pirata español.

 

Confundido, junto al cuerpo caído del mestizo a mis pies, no advertí hasta que fue inevitable cómo ella tomaba el pedazo de la botella caído ni cómo, sin mediar palabra, se arrojó sobre mí. Solo sentí que la garganta se abría por debajo de la boca y que una humedad caliente y viscosa resbalaba por mi pecho mientras caía encima del cuerpo, ya inerte, del pescador.

 

Lo que vino después me resulta más difícil de comprender. Abrí los ojos al oír la voz de Pilar, mi esposa, susurrándome al oído.

 

          Es muy tarde. Ayer dijiste que querías bucear.

 

Trataba de ordenar inútilmente mis pensamientos. Me duché y me vestí sin hablar una palabra. Comprobé que de la contusión de la rodilla apenas quedaba como rastro un raspón superficial.

 

          ¿Te ocurre algo?

          Estoy adormilado. No puedo pensar. Pero no me encuentro bien.

          Es somnolencia. Se te pasará cuando salgamos.

Salimos del resort. Baldemar, mi amigo tabasqueño, y su mujer, Goli, nos esperaban en la puerta con su carro. Balbuceé un saludo.

          ¿Te encuentras mal?, -preguntó Baldemar.

          No he dormido bien, expliqué sucintamente.

Llegamos al embarcadero.

          Renté una fueraborda para que vayas a esnorquear.

Esperaba en el muelle junto a la embarcación.

          Ha pasado mala noche, -explicó Baldemar.

          No importa. Llevo una botella de mezcal que cura los males.

Me limité simplemente a exclamar:

          ¡Marvin!

          No se apure pirata español. Póngase el chaleco. Son las reglas, ya sabe. Y no fuerce la bebida.

 

 

LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE

 

 

A Goli y Baldemar, amigos de la riviera maya

               

                 

 

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