RIVIERA MAYA

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– De verdad es necesario que me ponga el chaleco…?

 

Marvin sonrió de ese modo impreciso que caracteriza a este pueblo mestizo en cuya difusa ambigüedad no es posible advertir disposición alguna.

 

          Son las reglas, -contestó-. Aquí tenemos reglas…

 

Si algo había aprendido de mis viajes a México es que las reglas no eran un asunto de obligado cumplimiento ni al sur ni al norte de la capital, ni entre el Atlántico y el Pacífico. Y sobre si quitarme o seguir con el molesto chaleco…, nada preciso.

 

                Me había levantado ilusionado con esnorquear  así lo dice Marvin, no puedo evitarlo- por el arrecife. Pero mi guía se empeñaba en que debía vestir el chaleco guardavidas. Y yo me resistía a anudar aquel corsé en torno al cuerpo que me impediría cualquier braceo y, sobre todo, zambullirme bajo las turquesas aguas.

          Comamos ahora y luego lo discutimos… Cuando volvamos al arrecife… -añadí.

Insistió en la sonrisa imprecisa mientras abría con el cuchillo el pescado y entresacaba con destreza las entrañas purpúreas.

 

          ¿Qué es?

          Guachinango

 

Sabía que no era guachinango. El guachinango es casi blanco y su carne satinada tiene un aspecto pulido y brillante, como la del pargo. La de aquel pez, sin embargo, era más áspera, grasa , marfileña, y sus vísceras ofrecían una apariencia viscosa. Lo asociaba más al jurel, que al besugo. Pero a Marvin le había preguntado al salir si comeríamos guachinango, y me contestó con su sonrisa indefinible.

          Si tú lo dices… -balbuceé.

Volvió a regalarme con la sonrisa mestiza, agobiada por y liberada de decenios de sumisión y desesperanza. Tomó un pincel burdo, de toscas cerdas y lo sumergió en un bote de plástico. Luego, pintarrajeó los lomos abiertos del animal de una tintura entre rojiza y butano, opaca y brillante.

 

          ¿Para qué lo embadurnas de colorante? -pregunté curioso y algo desconfiado.

No me agradaba el aspecto de la carne del teleósteo, ahora bruñida por la tintura. Parecía como si lo hubieran sumergido en pintura plástica.

          Es natural, -aseguró.

          Parece pimentón.

          No es pimentón. Es achiote, una especia caribeña.

 

Acepté un poco a regañadientes. No sabía distinguir cuándo Marvin hablaba con propiedad de cuándo contestaba por decir algo.

                Luego lo colocó sobre una suerte de parrilla. Semejaba una rejilla herrumbrosa, arrancada de una alcantarilla. La llevó hasta una barbacoa armada de hojalata sobre un dosel de piedras para situarla, por fin, sobre las brasas que dejaba un montón de leños ardientes, posiblemente restos de maderos de alguna obra vecina.

 

                También el sol ardía sobre la orilla de la playa en Isla Mujeres. El calor añadido del fuego unido a la humedad ambiental hacía casi insoportable el ambiente.

 

          No sé cómo aguantas este calor. Me voy bajo la palapa. Tomaré un Herradura reposado.

          Estoy acostumbrado… No creo que tengan Herradura –comentó.

Ya andaba para guarecerme bajo la palapa cuando Marvin añadió:

          Tendrán mezcal.

          Tomaré mezcal, entonces.

          Ten cuidado, aquí es añejo, muy especial, al estilo nahua, demasiado fuerte si luego quieres esnorquear

Me encogí de hombros. Fui al chamizo. Bajo la palapa no se sentía la sensación de humedad asfixiante que producía la brasa. Me senté en una de las sillas de plástico.

          ¿Qué va tomar?

          Dice Marvin que tienen mezcal.

El hombre movió la redonda cabeza maya. Parecía una luna bruna y llena interrumpida por dos ojos negros y un cabello aún más negro y denso que los ojos.

          Marvin habla demasiado.

Miró a su alrededor, y luego dijo.

          Ischel, sírvele un trago de mezcal al señor-. Luego se dirigió a mí- Ischel es mi hija. Ella le atenderá.

 

Los ojos y el cabello de Ischel eran tan negros y densos como los de su padre. Su dentadura blanca semejaba una moldura delineada con preciosismo entre sus labios sensuales y tiernos. Su cuerpo se cimbraba espontáneamente al andar. El calor alentaba mi sensualidad y mis ojos siguieron sigilosos sus movimientos ondulantes. Traté vanamente de apartar la mirada de su cuerpo, pero los ojos me traicionaban cuando los entornaba para simular que cambiaban de dirección.

                Vino Marvin con la parrilla. El pescado grillado humeaba. Conservaba intacto el tono rojizo del achiote.

          Veo que no ha perdido el color.

          A ver si te gusta.

Llegó Ischel con una botella y una copa que llenó de un mezcal del color de la miel. No podía evitar prenderla con la mirada. La tersa piel condensaba, entre ebúrnea y bronceada, los rayos del insistente sol a que había estado expuesta durante generaciones. Su cuerpo, perturbador y sinuoso, atraía de nuevo mi mirada venciendo mis esfuerzos por no seguir con los ojos la desenvoltura de sus pasos. Ahora, sonriente frente a mí, me ofuscaba.

 

Pediste mezcal –observó Marvin.

          ¿Qué tomarás, Marvin?

          Tomaré michelada. ¿Nos vas a atender tú?

          Mi padre me ha dado permiso.

          ¿Y nos vas a teibolear?

Pensé que de haber sido blanca, hubiera enrojecido. Tan azorada me pareció que estaba.

 

          No. Yo no hago  esas cosas.

          ¿Qué cosas haces?

          Servirles a ustedes.

          Marvin, déjala, es una niña.

          No es niña, ya es mujer.

          Si no necesitan más de mí…

          Estaba guaseando.

          Si ya le conozco, siempre está igual. Todo se le va por la boca.

          Menos lo que como. Y ahora nos toca el pescado.

          Lo dicho, si me necesitan, llaman.

 

Pero se dirigió a mí y no a Marvin. Así que la sonreí como pude para luego seguir, confuso, cómo tornaba, se alejaba lentamente con su ajustado corpiño y su falda encogida, para ir a emboscarse tras el mostrador.

El pescado podía ser jurel. No supe apreciar si la rojiza especia mejoraba o más bien entorpecía el disfrute de su carne. Mientras Marvin tomaba a grandes tragos la michelada, yo bebía el mezcal a pequeños sorbos, saboreándolo y alternándolo con un vaso de cerveza. Esta vez no me di cuenta de cómo había llegado. Al oír su voz, alcé la vista para encontrarme de nuevo con aquellos ojos profundos y sensuales. Era a mí a quien se dirigía sonriendo:

 

          ¿Necesitan algo más?

          Sí, otra de mezcal.

          Ten cuidado, el mezcal es engañoso. Y este añejo lo es más. Puede causar embeleso y hasta alucinaciones.

          Marvin tiene razón.

 

Para embeleso no necesitaba yo más mezcal. Me bastaba con dejar resbalar la vista sobre la piel pulida y tibia, e imaginar que mis dedos seguían el rumbo marcado por los ojos.

 

          Bueno, soy precavido.

          Toma con nosotros, Ischel.

Nos miró envolviendo a ambos en la mirada.

          Preguntaré a mi padre si queda trabajo. Si termino pronto me sentaré con ustedes.

          No te demores. Iremos a esnorquear a la gruta. El español remueve bien en el agua.

          No me llames español. Dime Luis.

          Le gusta que le llame Luis. Tú también puedes llamarlo así.

     Luis… Luis… -dijo ella, y se rió luego de decirlo suavemente, como si acariciara mi nombre al pronunciarlo, mostrando unos dientes amarfilados, brillantes por el esmalte y  precisos.

          Traté de convencerle de que no debía nadar sin el chaleco.

          No puedes sumergirte con él puesto. Me obliga a ponérmelo y luego pretende llevarme de la mano para pasar entre las rocas. Nunca me he sentido más humillado.

          Pero hay que tener cuidado, -titubeó Ischel-. El mar es peligroso y traicionero.

 

Se llegó al mostrador mientras yo seguía otra vez con la vista sus turbios y vigorosos andares. No sé si era el mezcal o su modo de mover las caderas, transparente y grácil, natural y cadencioso, pero sentía que me sudaba el semblante al seguirla

          Ella es una princesa maya, -aseguró Marvin.

          ¿Es cierto?

          Se le nota hasta en la piel. Es lisa, como nácar y suave, como la de un durazno.

          No me fíaré ¿sabes? Los mayas eran crueles. Cortaban las cabezas de sus enemigos y las arrojaban por la pendiente de las pirámides.

          Ese borracho, -contestó verdaderamente molesto- no sabe lo que narra. Tenían un sentido religioso.

          Pero ella es muy bonita y estoy seguro de que no corta cabezas.

 

Reí algo forzadamente de modo que a mí mismo sonaba forzada la risa. Y Marvin me acompañó con su tono más alborotado y sólido. Terminamos el pescado que yo acompañaba de mezcal y algún que otro trago de cerveza por no beber solo del ágave. Marvin pidió café, y nos atendió el padre de la joven. Yo insistí en una nueva copa de mezcal, mientras Marvin me aconsejaba dejarlo. Sentía la cabeza lúcida y confusa al mismo tiempo. Reproducía la imagen de la indígena en la fanta.sía para evitarme así tener que mirarla constantemente. Me limitaba a adivinar sus movimientos bajo el pajizo, atendiendo a algún parroquiano cuya suerte comenzaba a envidiar.

 

          Se va haciendo tarde. Si queremos nadar, tendremos que salir.

Se levantó y salió fuera del cobertizo, bajo el sol ardiente para mirar la mar. Salí junto a él. A pocos metros había expuesta una antigua goleta de tres mástiles.

          ¿Qué barco es ese?

          Dicen que es la carabela del pirata Hernández de Córdoba?

          ¿El pirata…? Tengo entendido que era un hacendado encomendero, y que navegó por la costa en funciones de capitán

          Aquí, ¿sabes?, todos eran piratas…

 

No iba a ponerme a discutir. No era una carabela, sino un bajel más grande, seguramente un galeón, y no era del siglo XVI, sino probablemente del XVIII. Le dejé que se alejara y me volví al cobijo de la palapa. Cuando regresó iba acompañado de la camarera maya.

 

          Nos acompaña. Hablé con su padre.

          Eso me alegra.

          Si no bebe más mezcal… Ya lleva tres. No podrá quitarse el chaleco para nadar.

 

Lo dijo como si no sonriera, pero sus labios contradecían la aparente severidad de su gesto. Se cruzaron nuestras miradas sigilosamente y luego se disiparon esquivas huyendo por el horizonte marino bajo las hojas secas de la palapa. Era como si amagaran intimar, cuando aún, sin conocernos, animadas por la mutua atracción que suscitaba el maguey que saboreaba, más que bebía, avanzaran tímidamente, tras su primer contacto, hacia un encuentro más orgánico y cálido. Arañaba el licor la garganta, como si rugiera en su interior. Tal vez solo fuera mi imaginación que andaba algo alborotada por efecto del ágave.

 

        ¿Me estás calculando? Aguanto más que un príncipe maya. –Ahora me miró de lleno, con sus ojos grandes, negros y profundos como las aguas marinas cuando cubren el lecho de las algas  ¿Estaba verdaderamente asombrada o lo fingía?

          Eso me ha gustado, -aplaudió Marvin-. No hay cuidado, sabe nadar. Me dijo que ha esnorqueado entre tiburones, pero no le creo.

          Eso es más peligroso que el mezcal, –advirtió Ischel.

          No aquí –precisé- En el Mar Rojo. Pasé sobre los tiburones dormidos mientras descansaban en el lecho a más de diez metro de profundidad. El sol iluminaba sus lomos plateados. Allí hay zonas de corales como no pueden verse en ninguna otra parte del océano. Nunca he visto un agua más transparente. Ni siquiera aquí en vuestra riviera maya.

          ¿Más que en el arrecife? Allí son de colores los peces. Hay muchos.

          Esto es el Caribe –completó Marvin. Su tono era digno, como si le hubiera ofendido con mi observación-.

          Bueno, me queda por ir al arrecife.

          Vamos Ischel. Verás cómo nada el turista. –Me pareció que dijo “turista” con retintín, para molestarme-. No es como esos gringos que se inflan a hamburguesas en el burguer

          Nunca bebo Coca Cola y nunca pisé un MacDonald’s. Bueno, una vez en Chicago y otra en Lisboa… Necesitaba orinar y era lo más accesible en el momento.

 

Terminé de tomar el mezcal ambarino.

 

          Menos palabras. Nos vamos a probar tu pericia.

 

Desamarró la lancha y la desencalló de la arena con un fuerte empujón, mientras la joven maya y yo subíamos a bordo saltando a la popa. Ella me ofrecía la espalda bruñida por el sol, un regalo a la vista. La barca rompió la alisada superficie marina. Después, cuando la embarcación tomó velocidad impelida por los sesenta caballos del fueraborda, y su impulso se hubo estabilizado en un vaivén continuado y cíclico, se situó en el tablón que servía de asiento delantero atravesándose de babor a estribor, con las rodillas genuflexas sobre el madero, el rostro abierto al viento que agitaba el cabello sobre los límpidos pómulos y los pies menudos reposando su empeine sobre el travesaño que une las bandas. Navegábamos en silencio, acompañados por el ruido del motor y el gemido del viento que abanicaba los cuerpos, amparándolos del flujo solar. Hubiera deseado que el tiempo se interrumpiera y traté de grabar su imagen casi área, flotando entre las alternancias turquesas y plomizas de las ondas marinas y un cielo sin máculas que no ofrecía obstáculo alguno al astro ardiente. No advertí el islote hasta que la motora perdió impulso y encalló, guiada por Marvin, en una menuda playa recogida entre abruptas rocas.

 

          Aquí podrás esnorquear a gusto. Nos hemos alejado de la zona turista.

          ¿Dónde estamos?

          Es la isla de Istnamá. Dicen que era un lugar sagrado para los mayas, donde durante el día se ocultaba la luna, diosa del amor que huía del sol.

          ¿Y donde arrojaban la cabeza del vencedor del juego de pelota?

 

Marvin no contestó a mi impertinencia, y yo lamenté haberle ofendido sin motivo nuevamente. El agua era transparente y tranquila y la insistente mordedura del sol abrasaba la piel.

 

(Continua la semana que viene)

 

 

LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE

Periodista  y escritor

Catedrático de Periodismo

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