ingrávita

 

 

La vi por primera vez tras la verja de su casa adosada. Llevaba un abrigo blanco cruzado hasta la mitad del muslo. Bajo el abrigo atado con un cinturón, asomaba un jersey de cuello vuelto que acariciaba su cuello. Sus pies chapoteaban en el agua frente al porche y sus botas de media caña se ensuciaban despreocupadas bajo la lluvia. Sus ojos me atravesaron, de desarmaron con una sola mirada. Eran jodidamente azules. Los ojos más azules y profundos que jamás he visto. Creía haber conocido el mar. Su dulce piel estaba sonrojada por debido al fuerte invierno que se avecinaba. Era una preciosa chica de no más de dieciocho años. Su pelo rubio contrastaba con su piel canela. Con su ropita de domingo le dedicaba al mundo una mirada inocente, con sus pies jugando entre la lluvia.

 

Todavía creo verla, todavía creo acariciarla con mis ojos, tratando de retener cada uno de sus gestos. Sigo apoyado en la verja de su casa. Mirándola. Pero sigue indiferente.

 

Los coches salpican a su paso, desgarran mi espejismo. La lluvia sigue ininterrumpidamente cayendo. Y tú sigues allí, ingrávita, flotando en mi puto mar de dudas…

 

 

                                                                                

  Alejandro Molpeceres

 

 

 

 

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