ANTOINE DE SAINT-ÉXUPERY O EL AMOR DE LO ETERNO

 

 

Antoine de Saint-Éxupery fue un hombre de ayer que vivió en los tiempos del presente, alguien que bien podría haber nacido en la Edad Media, en la época del valor, la épica y el amor. Nació en el seno de una familia noble y, desde pequeño, le llamaban el Rey Sol por su actitud aristocrática, por su desprecio a los asuntos menores, pues su mirada siempre apuntó a lo alto, a lo necesario y universal. Así, su amor por las grandes aventuras, por lo desconocido y la atracción por el infinito marcaron su vida hasta su prematuro fin en un trágico accidente de aviación.

 

Del autor francés se podría decir que nunca terminó de encajar en los estrechos esquemas de la modernidad y que fue un superviviente de los tiempos pasados. Finkielkraut aclara que “el moderno es alguien a quien le pesa el pasado. El superviviente es alguien a quien le falta el pasado. El Moderno ve en el presente un campo de batalla entre la vida y la muerte, un pasado que ahoga y un futuro liberador. El impulso del superviviente hacia el futuro está roto, porque ama a un muerto. El Moderno es alguien que corre más rápido que el viejo mundo porque tiene miedo de que este le atrape.”[1]No fue un romántico, el problema que vivió Saint-Éxupery fue de otra índole. Vio, como Tocqueville, la gran sombra individualista cernirse sobre la civilización europea y no se dejó vencer. Supo que el olvido es la muerte del hombre, que la falta de valor es la muerte del corazón y que una vida sin fervor es una vida desalmada. Como él mismo explicó, “los crujidos del mundo moderno nos han hundido en las tinieblas. Los problemas son incoherentes, las soluciones contradictorias. La verdad de ayer ya está muerta, la de mañana todavía está por construirse. No se entrevé ninguna síntesis válida, y cada uno de nosotros sólo lleva consigo una parcela de la verdad. Las religiones políticas carentes de evidencia que las imponga, apelan a la violencia. Y así, mientras nos dividimos en lo que respecta a los métodos, corremos el peligro de no volver a reconocer que todos nos apresuramos hacia el mismo fin.”[2]

 

La vida para Saint-Éxupery no es un juego, es algo muy serio, tanto, que sólo puede ser vivido como lo viven los niños. “Experimento placer en gozar del sol tanto como en saborear el olor infantil del pupitre, de la tiza, del pizarrón. ¡Con qué alegría me sumerjo en esa infancia tan protegida! Sé muy bien que primero se nos da la infancia, el colegio, los compañeros; que luego llega el día en que se rinde examen, en que se recibe un diploma, en que, con el corazón apretado, se franquea un umbral más allá del cual, de buenas a primeras, se es hombre. Entonces pisamos con fuerza, comenzamos nuestro camino en la vida. Los primeros pasos de nuestro camino. Por fin probaremos nuestras armas sobre adversarios verdaderos. Usaremos la regla, la escuadra, el compás, para construir el mundo o para triunfar sobre nuestros enemigos. ¡Se acabaron los juegos!”[3] Hay algo típicamente moderno que el escritor francés detesta por encima de cualquier cosa, y es el tipo de vida burgués. El siglo XIX dejó como patrimonio a la humanidad, entre otras cosas, la realidad del hommo oeconomicus que venía gestándose durante dos siglos. La culminación de la idea en un hombre aislado, egoísta y calculador que sólo velaba por sus intereses materiales y vivía desligado de su realidad comunitaria, vio surgir a finales del siglo XIX y principios del XX toda una serie de actitudes extremas que arruinaron la civilización europea.

 

Frente a la propuesta individualista de la modernidad, Saint-Éxupery sugiere de nuevo la esperanza frente al miedo, y anima a los hombres a amar la realidad concreta y no las peligrosas abstracciones de la mente. En Carta a un rehén describe la vida en Lisboa momentos antes de verse afectada por la Segunda Guerra Mundial, continuando con una vida burguesa de salones y casinos, intentando huir, “pero Portugal ignoraba el apetito del monstruo (…) y entonces encontraba a Lisboa más triste bajo su sonrisa que a mis ciudades apagadas.”[4] El hombre moderno se ha cansado de vivir, ha olvidado que la vida es el camino y la muerte un descanso para el peregrino. El dolor y el cansancio son consustanciales al caminar, pero cuando uno anda lo hace para llegar a la posada, no para no cansarse. Cuando el miedo y la incertidumbre del hombre arrojado al mundo, triste y solo, abandonado, arraiga en el corazón, entonces nos volvemos como los refugiados de la guerra, que “ya no eran el hombre de tal casa, de tal amigo, de tal responsabilidad”, sino hombres desvinculados. Lo importante no es la ausencia de dolor, bien al contrario, “las contradicciones que hay que superar son el abono mismo de nuestro crecimiento” y “lo esencial es que en alguna parte permanezca aquello de lo cual se ha vivido. Y las costumbres. Y la fiesta de familia. Lo esencial es vivir para el regreso.”[5]

 

El escritor francés tiene una profunda experiencia religiosa, él ha vivido el desierto y ha vuelto. Ha estado a solas consigo mismo y ha podido contarlo. Sabe que no hay mayor miedo que el que produce la noche del alma, ese que sobrecoge al hombre antes del sueño, cuando queda a solas con su finitud y se plantea la desproporción del destino. Hace falta viajar a esos lugares desconocidos, hay que enfrentarse al miedo para poder mirar a la verdad. Por eso, el maestro dice: “Yo lo salvo del miedo. No lo ataco a él, sino a través de él, a esa resistencia que paraliza a los hombres ante lo desconocido. Si lo escucho, si lo compadezco, si tomo en serio su aventura, creerá volver del país del misterio, y solo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no haya más misterios. Es preciso que los hombres desciendan a ese pozo oscuro y, al remontarlo, digan que no han encontrado nada.”[6]

La soledad de la vida moderna ha hundido a los hombres en una apatía de la que es difícil salir. La acidia ha ocupado el lugar del entusiasmo y hace falta una nueva educación que salve al hombre “de la apariencia de una derrota”, hace falta un Rivière, el duro personaje de Vuelo nocturno, quien sabía que el hombre “era cera virgen que había que moldear. Había que dar un alma a esa materia, crearle una voluntad. No creía esclavizarlos con aquella dureza, sino lanzarlos fuera de sí mismos.” Para el jefe de aquellos pioneros de la aviación “esos hombres son felices porque aman lo que hacen, y lo aman porque soy duro. Es preciso empujarlos hacia una vida fuerte, que entrañe dolores y alegrías, pero es la única que vale.”[7]

 

 

La sombra de la modernidad es larga como la de la muerte, se cierne sobre todos los hombres, sobre todos los pueblos, ciudades y, como la noche, oculta la profundidad del paisaje, convirtiendo en una masa uniforme lo que antes eran valles, montañas y mares. La diferencia y la riqueza del día se convierten en angosta igualdad porque el hombre, marinero en la tormenta, no tiene puerto al que volver. Para Saint-Éxupery no hemos comprendido que “somos, los unos para los otros, peregrinos que a lo largo de caminos diversos penamos con destino a la misma cita”[8], que somos hermanos y que “sólo son hermanos los hombres que colaboran.”[9]

 

En estos tiempos de urgencia no cabe sino salvar lo esencial, y “si la vida humana no tiene precio, nosotros obramos siempre como si hubiera algo que la sobrepasara en valor… Pero ¿qué?” –se pregunta- ¿qué vale más que la vida? ¿Qué hay de tanto valor que justifique la acción? ¿Amarnos? No, responde, “se trata de hacer a los hombres eternos” Por eso, “el conductor de pueblos de antaño, si no tuvo piedad por el dolor del hombre, tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que no sepultaría el desierto.”[10]

 

 

 

Armando Zerolo Durán

Profesor de la Universidad CEU San Pablo


[1] Nosotros los modernos. Madrid, Encuentro, 2006. P.37.

[2] Carta a un rehén. Buenos Aires, Goncourt, 1968. P

[3] Piloto de guerra. Barcelona, Círculo de Lectores, 1973. P.7.

[4] Op.Cit. p,13 y14.

[5] Carta a un rehen. Op. Cit. Pp  64 y 27.

[6] Vuelo nocturno. Anaya, 2003. P.71.

[7] Vuelo nocturno. Pp. 38 y 39.

[8] Carta a un rehen. Op. Cit. Pp  65.

[9] Ciudadela. Barcelona, Alba, 1997. P.49.

[10] Vuelo nocturno. Op.Cit.90.

 

 

 

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Comments
One Response to “ANTOINE DE SAINT-ÉXUPERY O EL AMOR DE LO ETERNO”
  1. Ani dice:

    Muy interesante. Me encantó leer este artículo.
    Saludos.

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