El Ocho

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NOTABLE PARA LA LISTA DE LOS CATORCE

Publicado por elocho en Marzo 22, 2009

Hay lecturas que, aunque prescindibles, son interesantes en la vida lectora de una persona. La temática de un libro suele ser muy personal: hay a quien le gustan los libros de aventuras, a otros los mitológicos o los de ciencia ficción… y aquí tenemos bastante instaurada la ‘manía’ de crear novelas históricas o de relatos reales sobre la República, la Guerra Civil y la posguerra. La mayoría de estas novelas o ensayos suelen declinarse por un lado u otro, pero La lista de los catorce (Nacho Guirado; mr · ediciones, Madrid, 2009) es una obra que, vista desde el lado de un republicano de Guadalajara que se encuentra en un campo de trabajo asturiano en la época de posguerra, sitúa al lector en un lado imparcial a lo largo de toda la novela. El protagonista es Ignacio Blas Notario, abuelo del autor, Nacho Guirado, que perteneció al PSOE y fue presidente de la UGT en Yunquera de Henares (Guadalajara). Guirado a lo largo de la obra narra cómo su abuelo pasa por una mina asturiana, donde tiene que trabajar junto a otros presos como redención para que le quiten dos penas de muerte que tenía tras pasar por la cárcel en años anteriores, por ser militante socialista y republicano.

 

Visto así, parece que el odio hacia los sublevados se hará patente a lo largo de las más de 400 páginas que tiene el libro, pero la novela va mucho más allá de ideologías. Habla de amor, de compañerismo, del trato que se daban amigos pertenecientes a distintos bandos cuando comenzó la guerra, de traiciones… una lectura muy completa dividida en pequeños capítulos –la mayoría- que hacen más llevadero el tránsito hacia el final. Como el propio autor reconoce, la obra junta realidad y ficción, puesto que los hechos narrados pertenecen al recuerdo de su ya difunto abuelo, que se los contó al joven escritor cuando éste era pequeño. Un autor menos conocido que merece la pena descubrir a través de esta obra, que deja ver cómo vivía la gente normal, no la política como hacen muchos autores en sus obras sobre estos periodos, y que introduce al lector en los sentimientos del protagonista y en los de los secundarios. Existe un gran giro en la psicología de Ignacio según van avanzando los hechos, empezando por un gran odio a todo el que se signifique del lado de los sublevados, rechazando toda ayuda que le puedan ofrecer, sin ver si la persona que tiene delante es buena o mala.

 

Nacho Guirado (Oviedo, 1973) es fisioterapeuta y osteópata, compaginando esto con la escritura. Fue finalista del premio de novela corta ‘Cristóbal Zaragoza’ con su obra El beso que no di; fue segundo premio de novela corta Ciudad de Dueñas (Palencia) con Antes de las doce; en 2005 ganó el primer premio en el Certamen Internacional Alfonso Grosso de Sevilla con Retratos de familia, y por último, fue vencedor del premio de narrativa de la Diputación de Guadalajara por su novela No siempre ganan los buenos. También tiene dos novelas negras: Muérete en mis ojos y No llegaré vivo al viernes.

 

Rubén V.

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PESADILLA

Publicado por elocho en Noviembre 16, 2008

pesadilla88888Puede que aquello no fuera real. Que todo lo que él veía a su alrededor era producto de su imaginación. Seguiría durmiendo en su habitación, con la luz de la lámpara encendida. Todo estaría en su sitio, tal y como lo dejo antes de irse a acostar. Pero el sueño parecía tan real… No había nada, todo lo que podía ver era un espacio en blanco. Al fondo una puerta que se abría y se cerraba mostrando otro habitáculo vacío. Corría hacia la puerta, pero ¡iba demasiado despacio! ¡Corre! ¡Corre! Y cuando llegaba a la puerta, ¡no podía coger el manillar! Su mano traspasaba el picaporte y la puerta ya no se abría. ¡Espera! ¡Una voz! ¿Qué dices?………¡¡¡No puedes escapar de mí!!! Se despertó sobresaltado y sudoroso. Miró a su alrededor. La luz de la mesilla seguía encendida y a su lado, la última raya que no había sido capaz de esnifar.

 

                                                                                                           KRIMHILD

 

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Tokyo 9:41

Publicado por elocho en Octubre 19, 2008

                  Cuando Nicòlo Carrasi vio su reflejo en el escaparate se dio cuenta de que nunca más estaría solo.

 

Había sido la noche más extraña que había pasado en mucho tiempo. Y ahora me encontraba sentado en el borde de una acera mientras encontraba alguna conexión sobre lo sucedido. Todavía sangraba por la nariz.

           

El calor se abatía como plomo derretido sobre Tokio y  no sabía como había llegado aquí. Solo notaba un dulce abombamiento en las sienes, como si estuviese en medio de un sueño. Me tendré que meter otro tiro. Solo me quedaba para un par de rayas más.

 

Traté de abrocharme los cordones de los zapatos, pero las manos me temblaban. Tenía la mandíbula desencajada  y mis ojos  me mostraban una realidad cada vez más decadente. Tokio me hace odiar cada minuto de mi existencia, cada autobús, cada metro, cada sucia palabra pronunciada en japonés, pandilla de mequetrefes.

 

Recordaba mi niñez en mi casa en Tarento, al borde de la playa con mi pequeño barco. Añoraba las puestas de en el mediterráneo, con la única preocupación de saber que había de cena al llegar a casa. Estaba soñado. ¿Qué coño hago en esta puta mierda de ciudad?  Topé en la acera de nuevo la amarga realidad.

 

Agonicé el último pitillo en la acera de una bocacalle de la zona de Ginza para así tratar de algún modo de acallar mi pulso. Fue inútil. Apoyé las manos en la sucia acera y me levanté como pude. Arrastré mis  piernas de la noche a la estación de metro más cercano.

 

                         

Cogí la línea del metro Hibiya para llegar a mi casa. Bajando por las escaleras  me entretuve mirándole el culo a las jovencitas estudiantes. Me encantan los uniformes. Noté de nuevo la presencia. Caminaba como en un sueño, y a cada paso que daba por el pasillo de trasbordo notaba como algo me hablaba. El pulso se me aceleró y las sienes me palpitaron de nuevo, recordándome que no estaba solo. Corrí a coger el último vagón y me senté cerca del cristal. Me relajé,  pude ver mi barba ya crecida en la mañana, intenté no dormirme. Después cerré los ojos, traté de dejar mi mente en blanco,  intentando descifrar la pasada noche, pero solo recordaba los tetones de aquella japonesita. ¿Son tuyos? Eran plastico puro. Escuché una conversación en italiano, salí de mi trance pero no había nadie. Solo cientos de putos japoneses abarrotando el vagón. 

 

Miré al cristal, de nuevo aquella desagradable compañía, tratando de hacer estallar mis pensamientos. Apreté los puños, traté de tragar saliva, pero mi garganta estaba completamente seca. Respiré hondo. Se había evaporado. Otra vez de nuevo seguí mirando faldas de tablas. Es increíble que les dejen llevarlas tan cortas…

 

Al salir de la boca del metro me senté a reorganizar mis pensamientos, no comprendía nada y el simple hecho de aquella impotencia me hacía volverme a cada minuto más  histérico. Reemprendí mi camino, desayuné algo en un Starbucks mirando al suelo en todo momento y logré desviar mis atenciones en otra cosa. Estaba a diez manzanas de mi casucha del Nakameguiro y decidí ir andando para despejarme.

 

Llegué a mi portal, estaba entreabierto como siempre. El hedor a madera podrida de la escalera y el dulzón olor a orina me devolvieron  a mi realidad. Subí como pude las escaleras. Introduje la llave esperando encontrar algo en el interior, algo que  hiciese crepitar de nuevo mi sienes. Giré la llave con suavidad. Nada, solo el olor a col podrida en la grasienta cocina me recordaba que no había estado en casa en todo el fin de semana. Recorrí el estrecho pasillo hasta llegar a mi enmohecido dormitorio. Me acosté semidesnudo en la cama, sin camiseta y con los pantalones todavía puestos. La cabeza sobre una húmeda almohada mientras notaba  como mi cuerpo poco a poco dejaba de sentir.

 

Y de nuevo me desperté congelado, desgarrando con mis manos el edredón, con los ojos fuera de las orbitas y con una mueca de terror en mi rostro. La había visto, me había seguido y ahora estaba en mi casa, en mi habitación.

 

Olía a leche agria y a queso rancio, apestaba. Entré en el minúsculo baño, me quité los pantalones, me bajé los calzoncillos y abrí el grifo de agua caliente. Me miré en el espejo. No, no está más larga. Me senté desnudo sobre el baño y dejé que mis pensamientos se humedecieran con el vaho del agua caliente. Me metí bajo la ducha y limpié todo temor relajándome profundamente. Me sequé muy despacio. Me afeité la barba y fui a la cocina. Recalenté restos de comidas pasadas y mirando por el reflejo ventana que daba al patio la sentí de nuevo. Solo un tirito más…hoy es la útlima que me meto ¿Otra vez tú aquí?

 

  Carrasi nunca más estaría solo. Tokio sigue apestándome. Pandilla de mequetrefes…

 

 

 

Alejandro Molpeceres

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ingrávita

Publicado por elocho en Octubre 12, 2008

 

 

La vi por primera vez tras la verja de su casa adosada. Llevaba un abrigo blanco cruzado hasta la mitad del muslo. Bajo el abrigo atado con un cinturón, asomaba un jersey de cuello vuelto que acariciaba su cuello. Sus pies chapoteaban en el agua frente al porche y sus botas de media caña se ensuciaban despreocupadas bajo la lluvia. Sus ojos me atravesaron, de desarmaron con una sola mirada. Eran jodidamente azules. Los ojos más azules y profundos que jamás he visto. Creía haber conocido el mar. Su dulce piel estaba sonrojada por debido al fuerte invierno que se avecinaba. Era una preciosa chica de no más de dieciocho años. Su pelo rubio contrastaba con su piel canela. Con su ropita de domingo le dedicaba al mundo una mirada inocente, con sus pies jugando entre la lluvia.

 

Todavía creo verla, todavía creo acariciarla con mis ojos, tratando de retener cada uno de sus gestos. Sigo apoyado en la verja de su casa. Mirándola. Pero sigue indiferente.

 

Los coches salpican a su paso, desgarran mi espejismo. La lluvia sigue ininterrumpidamente cayendo. Y tú sigues allí, ingrávita, flotando en mi puto mar de dudas…

 

 

                                                                                

  Alejandro Molpeceres

 

 

 

 

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