Posts etiquetados ‘lírica’
Burdel VII
Publicado por elocho en Marzo 15, 2009
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Amor, poco original
Publicado por elocho en Noviembre 24, 2008
El amor sigue moviendo al mundo.
Nada de lo que crees que es amor lo es,
pero el amor lo es todo.
El amor eres tú.
Niña amorosa
¿eras tu la a la que el sol iluminaba las mejillas?
Quizás siga sorprendido de tu amor
pero amortizas bien la canción.
La gente dice que esta cansada de tontas canciones de amor,
pero no lo parece.
En el nombre del amor seguimos moviendo el mundo
Amores como colores,
¡ay amor! Hay amor que despierta a las fieras.
Amor inocente como el gato sin dientes.
¿Lo hay en tus ojos?
¿Lo hay en los míos?
¿Lo hay en aquello que llaman destino?
Creer en el amor es lo único factible.
¿Viste al amor en el naranja del sol cuando atardece?
Tumbados juntos en el campo verde,
algo que parece ser libre.
Lo viste en Verona, en un molino rojo y en la montaña más alta.
En el principio y en el final.
Un día en el nombre del amor.
All you need is love.
Los amantes en Japón.
Historias sobre amor,
historias por amor,
historias con amor.
El mundo moviendo al amor.
Fireman
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PESADILLA
Publicado por elocho en Noviembre 16, 2008
Puede que aquello no fuera real. Que todo lo que él veía a su alrededor era producto de su imaginación. Seguiría durmiendo en su habitación, con la luz de la lámpara encendida. Todo estaría en su sitio, tal y como lo dejo antes de irse a acostar. Pero el sueño parecía tan real… No había nada, todo lo que podía ver era un espacio en blanco. Al fondo una puerta que se abría y se cerraba mostrando otro habitáculo vacío. Corría hacia la puerta, pero ¡iba demasiado despacio! ¡Corre! ¡Corre! Y cuando llegaba a la puerta, ¡no podía coger el manillar! Su mano traspasaba el picaporte y la puerta ya no se abría. ¡Espera! ¡Una voz! ¿Qué dices?………¡¡¡No puedes escapar de mí!!! Se despertó sobresaltado y sudoroso. Miró a su alrededor. La luz de la mesilla seguía encendida y a su lado, la última raya que no había sido capaz de esnifar.
KRIMHILD
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Tokyo 9:41
Publicado por elocho en Octubre 19, 2008
Cuando Nicòlo Carrasi vio su reflejo en el escaparate se dio cuenta de que nunca más estaría solo.
Había sido la noche más extraña que había pasado en mucho tiempo. Y ahora me encontraba sentado en el borde de una acera mientras encontraba alguna conexión sobre lo sucedido. Todavía sangraba por la nariz.
El calor se abatía como plomo derretido sobre Tokio y no sabía como había llegado aquí. Solo notaba un dulce abombamiento en las sienes, como si estuviese en medio de un sueño. Me tendré que meter otro tiro. Solo me quedaba para un par de rayas más.
Traté de abrocharme los cordones de los zapatos, pero las manos me temblaban. Tenía la mandíbula desencajada y mis ojos me mostraban una realidad cada vez más decadente. Tokio me hace odiar cada minuto de mi existencia, cada autobús, cada metro, cada sucia palabra pronunciada en japonés, pandilla de mequetrefes.
Recordaba mi niñez en mi casa en Tarento, al borde de la playa con mi pequeño barco. Añoraba las puestas de en el mediterráneo, con la única preocupación de saber que había de cena al llegar a casa. Estaba soñado. ¿Qué coño hago en esta puta mierda de ciudad? Topé en la acera de nuevo la amarga realidad.
Agonicé el último pitillo en la acera de una bocacalle de la zona de Ginza para así tratar de algún modo de acallar mi pulso. Fue inútil. Apoyé las manos en la sucia acera y me levanté como pude. Arrastré mis piernas de la noche a la estación de metro más cercano.
Cogí la línea del metro Hibiya para llegar a mi casa. Bajando por las escaleras me entretuve mirándole el culo a las jovencitas estudiantes. Me encantan los uniformes. Noté de nuevo la presencia. Caminaba como en un sueño, y a cada paso que daba por el pasillo de trasbordo notaba como algo me hablaba. El pulso se me aceleró y las sienes me palpitaron de nuevo, recordándome que no estaba solo. Corrí a coger el último vagón y me senté cerca del cristal. Me relajé, pude ver mi barba ya crecida en la mañana, intenté no dormirme. Después cerré los ojos, traté de dejar mi mente en blanco, intentando descifrar la pasada noche, pero solo recordaba los tetones de aquella japonesita. ¿Son tuyos? Eran plastico puro. Escuché una conversación en italiano, salí de mi trance pero no había nadie. Solo cientos de putos japoneses abarrotando el vagón.
Miré al cristal, de nuevo aquella desagradable compañía, tratando de hacer estallar mis pensamientos. Apreté los puños, traté de tragar saliva, pero mi garganta estaba completamente seca. Respiré hondo. Se había evaporado. Otra vez de nuevo seguí mirando faldas de tablas. Es increíble que les dejen llevarlas tan cortas…
Al salir de la boca del metro me senté a reorganizar mis pensamientos, no comprendía nada y el simple hecho de aquella impotencia me hacía volverme a cada minuto más histérico. Reemprendí mi camino, desayuné algo en un Starbucks mirando al suelo en todo momento y logré desviar mis atenciones en otra cosa. Estaba a diez manzanas de mi casucha del Nakameguiro y decidí ir andando para despejarme.
Llegué a mi portal, estaba entreabierto como siempre. El hedor a madera podrida de la escalera y el dulzón olor a orina me devolvieron a mi realidad. Subí como pude las escaleras. Introduje la llave esperando encontrar algo en el interior, algo que hiciese crepitar de nuevo mi sienes. Giré la llave con suavidad. Nada, solo el olor a col podrida en la grasienta cocina me recordaba que no había estado en casa en todo el fin de semana. Recorrí el estrecho pasillo hasta llegar a mi enmohecido dormitorio. Me acosté semidesnudo en la cama, sin camiseta y con los pantalones todavía puestos. La cabeza sobre una húmeda almohada mientras notaba como mi cuerpo poco a poco dejaba de sentir.
Y de nuevo me desperté congelado, desgarrando con mis manos el edredón, con los ojos fuera de las orbitas y con una mueca de terror en mi rostro. La había visto, me había seguido y ahora estaba en mi casa, en mi habitación.
Olía a leche agria y a queso rancio, apestaba. Entré en el minúsculo baño, me quité los pantalones, me bajé los calzoncillos y abrí el grifo de agua caliente. Me miré en el espejo. No, no está más larga. Me senté desnudo sobre el baño y dejé que mis pensamientos se humedecieran con el vaho del agua caliente. Me metí bajo la ducha y limpié todo temor relajándome profundamente. Me sequé muy despacio. Me afeité la barba y fui a la cocina. Recalenté restos de comidas pasadas y mirando por el reflejo ventana que daba al patio la sentí de nuevo. Solo un tirito más…hoy es la útlima que me meto ¿Otra vez tú aquí?
Carrasi nunca más estaría solo. Tokio sigue apestándome. Pandilla de mequetrefes…
Alejandro Molpeceres
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