El Ocho

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Burdel VII

Publicado por elocho en Marzo 15, 2009

Siento tu mano acariciando minusválidos besos.

Siendo un miércoles cualquiera en tu artística semana.

Acostado en un macabro cuarto sin espejos.

Desgarrando poco a poco los visillos de tu falda

Siendo limpiabotas de los tacones de tus sueños.

Siendo esmeraldas de tus lúcidas entrañas.

Paseándome desnudo por tus muslos de rebaja…

 
 
 
 
 
 

                        Alejandro Molpeceres

 

 

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RIVIERA MAYA (2)

Publicado por elocho en Marzo 15, 2009

RIVIERA MAYA  (desenlace)

 

 

-          Hay que ponerse el guardavidas. Ya sabe, son las reglas.

 

 

Refunfuñé molesto, pero le hice caso, aunque él no llevaba ninguno.                               

 

-          Está bien, todo sea por la concordia entre civilizaciones.

-          Me sigues, y te llevo hasta donde hay más peces. Y no toques los corales. Solo los miras, –me advirtió seriamente.

 

Nadamos los tres sobre el agua traslúcida. Los cristales de mis gafas acuáticas permitían ver el fondo con toda claridad, iluminado por la luz solar. Los vívidos colores de los peces se multiplicaban alrededor nuestro. Se deslizaban por las aguas transparentes, con tal ligereza y suavidad que a veces me parecía que, en sus acercamientos, se mofaban de los inútiles esfuerzos por alcanzaros con la mano. Llegamos hasta una inmensa  roca sumergida como un parapeto que desviaba las corrientes subterráneas. Parecía partida en dos, pero las partes estaban enlazadas justo por debajo de la superficie y se juntaban sucintamente también sobre el fondo, de manera que formaban una gran oquedad, pero no era una gruta, pues se veía el mar al otro lado de las rocas y los peces entraban y salían a uno y otro lado del orificio. Sentí curiosidad por seguir a los peces que lo traspasaban. Así que sin mediar palabra me desembaracé del chaleco protector y me sumergí. Una mano agarró con fuerza la mía. Era Marvin. Sin duda, había adivinado mis intenciones, y adelantándose a ellas, nadando a mi lado, me guiaba hacia la boca. No quería dejarme llevar de ese modo, así que nadé con energía tratando de dejarlo atrás mientras penetrábamos por la abertura de la roca. Nos rodeaba un paraíso multicolor de peces de color extravagante y formas misteriosas de plantas acuáticas. Pero ni aún la fascinación que me producía el espectáculo de los peces rodeándonos,  emergiendo por la hendidura de la roca o sumergiéndose junto a nosotros, apaciguaba mi desazón de sentirme humillado por tanta solicitud de Marvin. Conseguí distanciarle algo y me esforcé para que desistiera de seguirme. Eso me animó para proseguir con brazadas más intensas en el cristalino interior del túnel. Casi mecánicamente me despojé del bañador que entorpecía mis movimientos. Había atravesado ya gran parte de la grieta, y ya empezaba a advertir que me faltaba la respiración, cuando sentí un agudo dolor por encima de una de las rodillas. Había rozado una punta afilada de la roca. Me revolví inquieto, porque notaba que mis pulmones requerían aire. La afilada roca me había desgarrado la carne y tocado el hueso. El agua tomaba color de sol  al mezclarse con la sangre. La rodilla me dolía intensamente mientras teñía pálidamente el entorno de un color púrpura que palidecía al diluirse en el flujo marino. Con una mano tapé la herida. Y traté torpemente de nadar con la otra para salir de la oquedad. Tal vez empezaba a desvanecerme cuando vi acercarse a Ischel por el lado opuesto de la hendidura. Ala vez  que yo me revolvía esforzándome en salir de la pétrea coraza que nos rodeaba asíó la mano que me quedaba libre y tiró de ella para sacarme a la superficie. Me había desembarazado antes con enojo de la sujeción de Marvin, pero ahora no pude evitar sentirme aliviado, asido por Ischel. Boqueé para respirar intensamente al quebrar la superficie, abriendo mis pulmones a los aromas salinos y me dejé mecer sobre el agua empujado por los brazos de Ischel.

 

-          Nademos hasta la playa.

-          No sé si podré. Me hice daño con una piedra en la rodilla. Y me falta el aire.

 

Apoyada en la roca, se despojó del corpiño y lo anudó en la rodilla sangrante. La dejé hacer, sin siquiera esforzarme en desviar la mirada de su pecho incitante. Pero luego nadamos, nadamos en silencio, nadaron nuestros cuerpos bronceados, semidesnudos, acalorados y húmedos. No sé hacia dónde, ni tampoco de dónde sacaba ella la fuerza para guiarme tomándome del brazo. Pero advertía que una energía imprevisible me guiaba por las desconocidas ondas como si previera que el océano hubiera dispuesto un rumbo particular para encauzar sus rítmicos impulsos y compensar mis torpes brazadas. El agua salobre me sabía a mezcal añejo en los labios y hube de forzarme para no sorberla. Imaginé, al  amparo de aquel mar templado, animado por corrientes invisibles, que ella era una ondina protectora de la que emanaba la vida latente bajo las aguas. A veces, cuando descansaba del esfuerzo, su mano acariciaba mi rodilla contusa. Y yo me dejaba palpar y llevar mansamente, abandonando mi instinto de supervivencia a su vigor, desprovisto de voluntad y de rumbo. La ninfa me miraba de soslayo y yo intentaba retener su sonrisa enigmática mientras sentía el tierno roce de su piel junto a la mía. Cuando, tras un tiempo que no sabría concretar, me abandoné sobre la arena de la playa, oí la voz de Marvin.

 

-          Estáis desnudos.

-          Sangraba mucho y tuve que anudarle la rodilla. 

-          El agua salada le ha cortado el derrame.

-          Le quitaré el corpiño-

-          Le advertí que no se quitara el chaleco. Tuve que ir a recogerlo, -reprochó al aire.

 

Le oía distante pero no tenía ánimo ni fuerza  para replicarle. La arena olía a mezcal y el cielo me envolvía entre las sombras tenues que cercaban mi vista.

-          Se cortó con una roca, -explicó Ischel. Y colocó su mano sobre la herida, que,

tal vez, siguiera sangrando algo todavía. Mis sienes ardían bajo sus pechos castaños y sus ojos oscuros. Hubiera deseado que aquella suave caricia siguiera allí congelada por el tiempo para aliviar la irritación invisible de mi alma, pues no sentía las visibles molestias del cuerpo. Entre el movimiento ondulado de las olas y la mirada acogedora de Ischel, escuché la voz de Marvin:

 

-      Bebió demasiado de ese mezcal de tu padre que le descontroló. Le avisé que era distinto del tequila a que se estaba acostumbrado. Pero no es dócil, como otros turistas…

-      Tiene una raja profunda.

-      La limpiaré con mezcal. Tengo una botella en la bitácora.

 

Me roció con el alcohol la rodilla ensangrentada. La piel y la carne herida ardían bajo el sol inclemente y el efecto, aún más abrasador, del maguey. El aroma del ágave destilado arrullaba mis desapacibles sentimientos. La vista se me nublaba, incapaz de distinguir entre el cielo y la mar, la arena y las rocas, la cadencia de las olas y el murmullo de la brisa. A mis oídos llegaba el cíclico golpe de las pequeñas olas al precipitarse en la pálida playa, el graznido de alguna de esas aves escuálidas que semejan gaviotas y cuyo nombre nunca aprenderé y el murmullo de un hombre y una mujer que susurraban junto a mí. No sabría decir si giraba el mundo o mis sentidos febriles me lo hacían parecer, pero algo daba vueltas en mi cabeza, o tal vez fuera la cabeza que giraba, quién sabe qué.

 

-          Dejaremos que duerma.

-          Así le pasarán la ebriedad y el dolor.

 

Había dejado la botella a mi lado. La agarré insensatamente para tomar un último trago con la duda de si aliviaría o aumentaría mi ansiedad. El líquido ardiente me agarrotó la garganta y creo que después, no sé por qué orden, el mundo aumentó sus giros y envuelto en vapores, me desmayé o me dormí. Del interior del océano llegaba, alborotando mi mente, el ritmo de un ritual profano. Las cabezas de los danzarines caían rodando por las crestas de inmensas olas y los  cuerpos se amontonaban exánimes en el llano, entre el griterío ensordecedor de una multitud indígena que animaba a los jugadores de pelota a lanzarla por el agujero que conduce a la victoria. Los templos rodeados de espesura estaban abarrotados por el gentío. Algunos se descolgaban por las lianas y otros perseguían a los jugadores enarbolando lanzas que arrojaban contra ellos.

No sé cuándo ni cómo llegaron a mis oídos, entre las brumas del sueño, los gemidos, dulces o airados, no sabría decidirlo, de una mujer. ¿Una mujer? Desperecé los entumecidos miembros y abrí los ojos. Lentamente mi vista se fue acomodando al entorno del islote. Conseguí levantarme. Allí, frente a mí, dos cuerpos desnudos, arrollándose mutuamente, armonizaban sus pérfidos movimientos en una cadencia peristáltica. Ischel gemía bajo el abrazo impetuoso de Marvin. Entonces sí que advertí que mis sienes ardían. Era la fiebre que se agolpaba en mi cabeza y la ira que me cegaba y un humor salvaje que inundaba mi cuerpo y me hizo olvidar el punzante dolor de la rodilla. Ella seguía gimiendo, respirando agitadamente. Su cuerpo desnudo e inmóvil bajo el de Marvin. Los brazos rendidos y lacios. El rostro iluminado por los rayos de un sol que comenzaba a declinar por occidente. Sus ojos cerrados y la boca entreabierta, esperando acoger entre los suyos los labios del mestizo. Un dolor salvaje inundó mi ánimo antes de gritar.

 

-          Marvin, déjala, miserable.

Cesaron entonces los arrullos, y Marvin detuvo su jadeo para mirarme. Advertí que estaba sorprendido.

-          Miserable bastardo, -repetí-. ¿No sabes que es mía?

Respiró un momento. Y luego, tratándose de incorporar sobre el cuerpo de ella, me miró con parsimonia.

-          Es mi esposa, -dijo por toda explicación.

-          Mientes.

 

Antes de abalanzarme sobre él, tomé la botella de mezcal, di un golpe con ella sobre la roca, y sin dar tiempo a que reaccionara, tracé con el curvo cristal un profundo tajo en su cuello de indígena mestizo. Se llevó la mano a la herida, mientras la sangre comenzaba a manar imparable.  Me miró con ojos abiertos, estremecidos y relucientes, cuando se doblaron sus rodillas y se desplomaba en a arena:

 

-          Pirata español. Tú sí eres miserable. Es mía, es mi esposa.

 

Y quedó tendido a mis pies, con los brazos convulsos intentando asir algún trazo del cielo. Sin saber dónde mirar ni qué hacer, dejé caer, aturdido, el cristal de la botella. Apenas oí el alarido de la mujer.

 

- Maldito, maldito pirata español.

 

Confundido, junto al cuerpo caído del mestizo a mis pies, no advertí hasta que fue inevitable cómo ella tomaba el pedazo de la botella caído ni cómo, sin mediar palabra, se arrojó sobre mí. Solo sentí que la garganta se abría por debajo de la boca y que una humedad caliente y viscosa resbalaba por mi pecho mientras caía encima del cuerpo, ya inerte, del pescador.

 

Lo que vino después me resulta más difícil de comprender. Abrí los ojos al oír la voz de Pilar, mi esposa, susurrándome al oído.

 

-          Es muy tarde. Ayer dijiste que querías bucear.

 

Trataba de ordenar inútilmente mis pensamientos. Me duché y me vestí sin hablar una palabra. Comprobé que de la contusión de la rodilla apenas quedaba como rastro un raspón superficial.

 

-          ¿Te ocurre algo?

-          Estoy adormilado. No puedo pensar. Pero no me encuentro bien.

-          Es somnolencia. Se te pasará cuando salgamos.

Salimos del resort. Baldemar, mi amigo tabasqueño, y su mujer, Goli, nos esperaban en la puerta con su carro. Balbuceé un saludo.

-          ¿Te encuentras mal?, -preguntó Baldemar.

-          No he dormido bien, expliqué sucintamente.

Llegamos al embarcadero.

-          Renté una fueraborda para que vayas a esnorquear.

Esperaba en el muelle junto a la embarcación.

-          Ha pasado mala noche, -explicó Baldemar.

-          No importa. Llevo una botella de mezcal que cura los males.

Me limité simplemente a exclamar:

-          ¡Marvin!

-          No se apure pirata español. Póngase el chaleco. Son las reglas, ya sabe. Y no fuerce la bebida.

 

 

LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE

 

 

A Goli y Baldemar, amigos de la riviera maya

               

                 

 

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RIVIERA MAYA

Publicado por elocho en Marzo 7, 2009

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- De verdad es necesario que me ponga el chaleco…?

 

Marvin sonrió de ese modo impreciso que caracteriza a este pueblo mestizo en cuya difusa ambigüedad no es posible advertir disposición alguna.

 

-          Son las reglas, -contestó-. Aquí tenemos reglas…

 

Si algo había aprendido de mis viajes a México es que las reglas no eran un asunto de obligado cumplimiento ni al sur ni al norte de la capital, ni entre el Atlántico y el Pacífico. Y sobre si quitarme o seguir con el molesto chaleco…, nada preciso.

 

                Me había levantado ilusionado con esnorquear  -así lo dice Marvin, no puedo evitarlo- por el arrecife. Pero mi guía se empeñaba en que debía vestir el chaleco guardavidas. Y yo me resistía a anudar aquel corsé en torno al cuerpo que me impediría cualquier braceo y, sobre todo, zambullirme bajo las turquesas aguas.

-          Comamos ahora y luego lo discutimos… Cuando volvamos al arrecife… -añadí.

Insistió en la sonrisa imprecisa mientras abría con el cuchillo el pescado y entresacaba con destreza las entrañas purpúreas.

 

-          ¿Qué es?

-          Guachinango

 

Sabía que no era guachinango. El guachinango es casi blanco y su carne satinada tiene un aspecto pulido y brillante, como la del pargo. La de aquel pez, sin embargo, era más áspera, grasa , marfileña, y sus vísceras ofrecían una apariencia viscosa. Lo asociaba más al jurel, que al besugo. Pero a Marvin le había preguntado al salir si comeríamos guachinango, y me contestó con su sonrisa indefinible.

-          Si tú lo dices… -balbuceé.

Volvió a regalarme con la sonrisa mestiza, agobiada por y liberada de decenios de sumisión y desesperanza. Tomó un pincel burdo, de toscas cerdas y lo sumergió en un bote de plástico. Luego, pintarrajeó los lomos abiertos del animal de una tintura entre rojiza y butano, opaca y brillante.

 

-          ¿Para qué lo embadurnas de colorante? -pregunté curioso y algo desconfiado.

No me agradaba el aspecto de la carne del teleósteo, ahora bruñida por la tintura. Parecía como si lo hubieran sumergido en pintura plástica.

-          Es natural, -aseguró.

-          Parece pimentón.

-          No es pimentón. Es achiote, una especia caribeña.

 

Acepté un poco a regañadientes. No sabía distinguir cuándo Marvin hablaba con propiedad de cuándo contestaba por decir algo.

                Luego lo colocó sobre una suerte de parrilla. Semejaba una rejilla herrumbrosa, arrancada de una alcantarilla. La llevó hasta una barbacoa armada de hojalata sobre un dosel de piedras para situarla, por fin, sobre las brasas que dejaba un montón de leños ardientes, posiblemente restos de maderos de alguna obra vecina.

 

                También el sol ardía sobre la orilla de la playa en Isla Mujeres. El calor añadido del fuego unido a la humedad ambiental hacía casi insoportable el ambiente.

 

-          No sé cómo aguantas este calor. Me voy bajo la palapa. Tomaré un Herradura reposado.

-          Estoy acostumbrado… No creo que tengan Herradura –comentó.

Ya andaba para guarecerme bajo la palapa cuando Marvin añadió:

-          Tendrán mezcal.

-          Tomaré mezcal, entonces.

-          Ten cuidado, aquí es añejo, muy especial, al estilo nahua, demasiado fuerte si luego quieres esnorquear

Me encogí de hombros. Fui al chamizo. Bajo la palapa no se sentía la sensación de humedad asfixiante que producía la brasa. Me senté en una de las sillas de plástico.

-          ¿Qué va tomar?

-          Dice Marvin que tienen mezcal.

El hombre movió la redonda cabeza maya. Parecía una luna bruna y llena interrumpida por dos ojos negros y un cabello aún más negro y denso que los ojos.

-          Marvin habla demasiado.

Miró a su alrededor, y luego dijo.

-          Ischel, sírvele un trago de mezcal al señor-. Luego se dirigió a mí- Ischel es mi hija. Ella le atenderá.

 

Los ojos y el cabello de Ischel eran tan negros y densos como los de su padre. Su dentadura blanca semejaba una moldura delineada con preciosismo entre sus labios sensuales y tiernos. Su cuerpo se cimbraba espontáneamente al andar. El calor alentaba mi sensualidad y mis ojos siguieron sigilosos sus movimientos ondulantes. Traté vanamente de apartar la mirada de su cuerpo, pero los ojos me traicionaban cuando los entornaba para simular que cambiaban de dirección.

                Vino Marvin con la parrilla. El pescado grillado humeaba. Conservaba intacto el tono rojizo del achiote.

-          Veo que no ha perdido el color.

-          A ver si te gusta.

Llegó Ischel con una botella y una copa que llenó de un mezcal del color de la miel. No podía evitar prenderla con la mirada. La tersa piel condensaba, entre ebúrnea y bronceada, los rayos del insistente sol a que había estado expuesta durante generaciones. Su cuerpo, perturbador y sinuoso, atraía de nuevo mi mirada venciendo mis esfuerzos por no seguir con los ojos la desenvoltura de sus pasos. Ahora, sonriente frente a mí, me ofuscaba.

 

Pediste mezcal –observó Marvin.

-          ¿Qué tomarás, Marvin?

-          Tomaré michelada. ¿Nos vas a atender tú?

-          Mi padre me ha dado permiso.

-          ¿Y nos vas a teibolear?

Pensé que de haber sido blanca, hubiera enrojecido. Tan azorada me pareció que estaba.

 

-          No. Yo no hago  esas cosas.

-          ¿Qué cosas haces?

-          Servirles a ustedes.

-          Marvin, déjala, es una niña.

-          No es niña, ya es mujer.

-          Si no necesitan más de mí…

-          Estaba guaseando.

-          Si ya le conozco, siempre está igual. Todo se le va por la boca.

-          Menos lo que como. Y ahora nos toca el pescado.

-          Lo dicho, si me necesitan, llaman.

 

Pero se dirigió a mí y no a Marvin. Así que la sonreí como pude para luego seguir, confuso, cómo tornaba, se alejaba lentamente con su ajustado corpiño y su falda encogida, para ir a emboscarse tras el mostrador.

El pescado podía ser jurel. No supe apreciar si la rojiza especia mejoraba o más bien entorpecía el disfrute de su carne. Mientras Marvin tomaba a grandes tragos la michelada, yo bebía el mezcal a pequeños sorbos, saboreándolo y alternándolo con un vaso de cerveza. Esta vez no me di cuenta de cómo había llegado. Al oír su voz, alcé la vista para encontrarme de nuevo con aquellos ojos profundos y sensuales. Era a mí a quien se dirigía sonriendo:

 

-          ¿Necesitan algo más?

-          Sí, otra de mezcal.

-          Ten cuidado, el mezcal es engañoso. Y este añejo lo es más. Puede causar embeleso y hasta alucinaciones.

-          Marvin tiene razón.

 

Para embeleso no necesitaba yo más mezcal. Me bastaba con dejar resbalar la vista sobre la piel pulida y tibia, e imaginar que mis dedos seguían el rumbo marcado por los ojos.

 

-          Bueno, soy precavido.

-          Toma con nosotros, Ischel.

Nos miró envolviendo a ambos en la mirada.

-          Preguntaré a mi padre si queda trabajo. Si termino pronto me sentaré con ustedes.

-          No te demores. Iremos a esnorquear a la gruta. El español remueve bien en el agua.

-          No me llames español. Dime Luis.

-          Le gusta que le llame Luis. Tú también puedes llamarlo así.

-      Luis… Luis… -dijo ella, y se rió luego de decirlo suavemente, como si acariciara mi nombre al pronunciarlo, mostrando unos dientes amarfilados, brillantes por el esmalte y  precisos.

-          Traté de convencerle de que no debía nadar sin el chaleco.

-          No puedes sumergirte con él puesto. Me obliga a ponérmelo y luego pretende llevarme de la mano para pasar entre las rocas. Nunca me he sentido más humillado.

-          Pero hay que tener cuidado, -titubeó Ischel-. El mar es peligroso y traicionero.

 

Se llegó al mostrador mientras yo seguía otra vez con la vista sus turbios y vigorosos andares. No sé si era el mezcal o su modo de mover las caderas, transparente y grácil, natural y cadencioso, pero sentía que me sudaba el semblante al seguirla

-          Ella es una princesa maya, -aseguró Marvin.

-          ¿Es cierto?

-          Se le nota hasta en la piel. Es lisa, como nácar y suave, como la de un durazno.

-          No me fíaré ¿sabes? Los mayas eran crueles. Cortaban las cabezas de sus enemigos y las arrojaban por la pendiente de las pirámides.

-          Ese borracho, -contestó verdaderamente molesto- no sabe lo que narra. Tenían un sentido religioso.

-          Pero ella es muy bonita y estoy seguro de que no corta cabezas.

 

Reí algo forzadamente de modo que a mí mismo sonaba forzada la risa. Y Marvin me acompañó con su tono más alborotado y sólido. Terminamos el pescado que yo acompañaba de mezcal y algún que otro trago de cerveza por no beber solo del ágave. Marvin pidió café, y nos atendió el padre de la joven. Yo insistí en una nueva copa de mezcal, mientras Marvin me aconsejaba dejarlo. Sentía la cabeza lúcida y confusa al mismo tiempo. Reproducía la imagen de la indígena en la fanta.sía para evitarme así tener que mirarla constantemente. Me limitaba a adivinar sus movimientos bajo el pajizo, atendiendo a algún parroquiano cuya suerte comenzaba a envidiar.

 

-          Se va haciendo tarde. Si queremos nadar, tendremos que salir.

Se levantó y salió fuera del cobertizo, bajo el sol ardiente para mirar la mar. Salí junto a él. A pocos metros había expuesta una antigua goleta de tres mástiles.

-          ¿Qué barco es ese?

-          Dicen que es la carabela del pirata Hernández de Córdoba?

-          ¿El pirata…? Tengo entendido que era un hacendado encomendero, y que navegó por la costa en funciones de capitán

-          Aquí, ¿sabes?, todos eran piratas…

 

No iba a ponerme a discutir. No era una carabela, sino un bajel más grande, seguramente un galeón, y no era del siglo XVI, sino probablemente del XVIII. Le dejé que se alejara y me volví al cobijo de la palapa. Cuando regresó iba acompañado de la camarera maya.

 

-          Nos acompaña. Hablé con su padre.

-          Eso me alegra.

-          Si no bebe más mezcal… Ya lleva tres. No podrá quitarse el chaleco para nadar.

 

Lo dijo como si no sonriera, pero sus labios contradecían la aparente severidad de su gesto. Se cruzaron nuestras miradas sigilosamente y luego se disiparon esquivas huyendo por el horizonte marino bajo las hojas secas de la palapa. Era como si amagaran intimar, cuando aún, sin conocernos, animadas por la mutua atracción que suscitaba el maguey que saboreaba, más que bebía, avanzaran tímidamente, tras su primer contacto, hacia un encuentro más orgánico y cálido. Arañaba el licor la garganta, como si rugiera en su interior. Tal vez solo fuera mi imaginación que andaba algo alborotada por efecto del ágave.

 

-        ¿Me estás calculando? Aguanto más que un príncipe maya. –Ahora me miró de lleno, con sus ojos grandes, negros y profundos como las aguas marinas cuando cubren el lecho de las algas  ¿Estaba verdaderamente asombrada o lo fingía?

-          Eso me ha gustado, -aplaudió Marvin-. No hay cuidado, sabe nadar. Me dijo que ha esnorqueado entre tiburones, pero no le creo.

-          Eso es más peligroso que el mezcal, –advirtió Ischel.

-          No aquí –precisé- En el Mar Rojo. Pasé sobre los tiburones dormidos mientras descansaban en el lecho a más de diez metro de profundidad. El sol iluminaba sus lomos plateados. Allí hay zonas de corales como no pueden verse en ninguna otra parte del océano. Nunca he visto un agua más transparente. Ni siquiera aquí en vuestra riviera maya.

-          ¿Más que en el arrecife? Allí son de colores los peces. Hay muchos.

-          Esto es el Caribe –completó Marvin. Su tono era digno, como si le hubiera ofendido con mi observación-.

-          Bueno, me queda por ir al arrecife.

-          Vamos Ischel. Verás cómo nada el turista. –Me pareció que dijo “turista” con retintín, para molestarme-. No es como esos gringos que se inflan a hamburguesas en el burguer

-          Nunca bebo Coca Cola y nunca pisé un MacDonald’s. Bueno, una vez en Chicago y otra en Lisboa… Necesitaba orinar y era lo más accesible en el momento.

 

Terminé de tomar el mezcal ambarino.

 

-          Menos palabras. Nos vamos a probar tu pericia.

 

Desamarró la lancha y la desencalló de la arena con un fuerte empujón, mientras la joven maya y yo subíamos a bordo saltando a la popa. Ella me ofrecía la espalda bruñida por el sol, un regalo a la vista. La barca rompió la alisada superficie marina. Después, cuando la embarcación tomó velocidad impelida por los sesenta caballos del fueraborda, y su impulso se hubo estabilizado en un vaivén continuado y cíclico, se situó en el tablón que servía de asiento delantero atravesándose de babor a estribor, con las rodillas genuflexas sobre el madero, el rostro abierto al viento que agitaba el cabello sobre los límpidos pómulos y los pies menudos reposando su empeine sobre el travesaño que une las bandas. Navegábamos en silencio, acompañados por el ruido del motor y el gemido del viento que abanicaba los cuerpos, amparándolos del flujo solar. Hubiera deseado que el tiempo se interrumpiera y traté de grabar su imagen casi área, flotando entre las alternancias turquesas y plomizas de las ondas marinas y un cielo sin máculas que no ofrecía obstáculo alguno al astro ardiente. No advertí el islote hasta que la motora perdió impulso y encalló, guiada por Marvin, en una menuda playa recogida entre abruptas rocas.

 

-          Aquí podrás esnorquear a gusto. Nos hemos alejado de la zona turista.

-          ¿Dónde estamos?

-          Es la isla de Istnamá. Dicen que era un lugar sagrado para los mayas, donde durante el día se ocultaba la luna, diosa del amor que huía del sol.

-          ¿Y donde arrojaban la cabeza del vencedor del juego de pelota?

 

Marvin no contestó a mi impertinencia, y yo lamenté haberle ofendido sin motivo nuevamente. El agua era transparente y tranquila y la insistente mordedura del sol abrasaba la piel.

 

(Continua la semana que viene)

 

 

LUIS NÚÑEZ LADEVÉZE

Periodista  y escritor

Catedrático de Periodismo

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Queridos reyes magos:

Publicado por elocho en Diciembre 29, 2008

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Queridos reyes magos:                             

Un año más, aquí estoy, escribiendo la tradicional carta. Pero esta vez es diferente, no pediré juguetes para los más pequeños de la familia, ni nuevas tecnologías para los mayores, ni tampoco lo más tradicional para los sabios de la casa, los abuelos. Este año mi  deseo es más especial, pero por ello también más complicado de realizar.

Por todos es sabido la situación que se presenta con la crisis, lo que ello supone y las consecuencias que pueden venir con ella. Los gobiernos se echan las manos a la cabeza, a la vez que piensan en soluciones, acuerdos y otros menesteres para superarlas o en su defecto evitar que empeore. Los bancos tiemblan al pensar en la cantidad de millones que hay “perdidos” por la sociedad. Las grandes empresas hacen recortes de personal, como no. Y eso a su vez, produce más gente en las filas de las oficinas del paro, con lo que eso significa. Los pequeños negocios cierran sus comercios, incapaces de correr con los gastos que supone o quizá temerosos de esta crisis que deja huella sin estar del todo asentada.

crisis1yuggyEs cierto, que como las meigas,  la crisis, haberla haila, pero también es cierto que es más el temor a lo que puede provocar en nuestra sociedad acomodada que lo que actualmente supone. Nos hemos vuelto demasiado señoritos. Nos cuesta muy poco conseguir lo que queremos, pero no nos planteamos si realmente lo queremos. Hoy, todo está al alcance de todos, o más bien de casi todos. Y  esto es posible que empiece a peligrar.

Y digo casi todos, porque en esta crisis, una vez más sufren los de siempre. Los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. Todos nos hemos puesto a pensar en la caída de la bolsa y el Euribor. Pero seguramente, muy pocas personas se habrán acordado de aquellas que duermen en la calle, que comen en los albergues o de los que pese a tener techo donde resguardarse no les llega para sobrevivir.  Para ellos también hay crisis, una situación que les dificulta aún más si cabe la posibilidad de una “vida”.

Como no podía ser otra manera, tampoco puedo olvidarme de aquellos países en guerra, unas guerras, la mayoría sino todas, producidas por la avaricia del ser humano. Una obsesión por conseguir más y más que sin embargo acaba con todo. Y una vez más, los ricos son más ricos y los pobres más pobres.

Acordarme especialmente de aquellos que han perdido la ilusión por la Navidad, por la época de los sueños, las fantasías, los deseos y las ilusiones. La época en la que se ablandan los corazones y la gente se conciencia de los males del mundo. Esto sí que es una crisis en toda regla.  Una crisis que a simple vista no es peligrosa, pero que trae muchas más consecuencias que cualquier otra  y que afecta a ricos y pobres por igual.

8s8s8s8s8sffhreyesPor todos, pero especialmente por estos últimos escribo mi carta. Y este es mi deseo para este año, no perder la esencia de la Navidad, dejar el consumismo atrás, buscar el regalo deseado para cada persona especial, que no necesariamente ha de ser material. Dejar a un lado las tristezas, que se hacen más intensas en estas fechas, recordar lo bueno de esas personas que están lejos o no están. Ayudar si es posible a los demás, porque no siempre está a nuestro alcance terminar con ciertas cosas, pero ya se sabe un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Y sobre todo, vivir, sentir y saborear la verdadera esencia de la NAVIDAD.

Melchor, Gaspar y Baltasar, seguramente me dejaré por el camino mil cosas importantes, es posible. Pero este es mi deseo para ese día tan especial. Un regalo para disfrutar todo el año, porque el espíritu navideño se masifica en estas fechas, pero debería durar más.

No os entretengo más que seguro tendréis mucho trabajo. Recordar que como todos los años, os dejo esa copita junto con los dulces navideños y las provisiones para los camellos.

Hasta el próximo año, sus majestades.

Esther M.G.

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